
Cristina I. Pina Caballero
Las he contado, sí, soy así de peculiar. He escrito un total de 768.149 palabras, palabra arriba, palabra abajo, desde mi primer artículo publicado en 1999 hasta 2025. En el desglose de esta cantidad, asignaría 348.479 palabras a artículos académicos y científicos, 277.420 palabras a manuales de mis asignaturas en la Escuela Superior de Arte Dramático de Murcia y unas 142.250 palabras, muy sufridas y trabajadas, en mi tesis doctoral de 569 páginas. Aunque puedan parecer muchas, si las repartimos entre los… “taitantos” años transcurridos entre la primera y la última, no son tantas, se quedan rozando las 30.000 por año…
Nunca me resultó difícil hacer hablar a personas que llevaban un mínimo de 150 años muertas, supongo que porque no me iban a contradecir. Incluso me veía como la portavoz de sus vidas, y cada vez que descubría un pequeño detalle de ellas en un polvoriento legajo o en un periódico que ponía como noticia de portada la Revolución Cantonal, me emocionaba como si a alguien más que a mí le pudiera interesar toda esa vaina. Y presentar o publicar estos pequeños descubrimientos me parecía lo más, ante un montón de gente tan friki como yo (un par de docenas, más o menos, en un congreso “masivo”).
¡Ah!, se me olvidaba. A estas hay que sumar otras 5.851 palabras más, y con estas llegamos a la cifra redonda de 774.000 palabras. Estas han sido las más difíciles para mí, porque no hablaban por otros, sino que son las que hablan por mí misma, o de mí misma, o de las cosas que me han pasado y me preocupan. Y todavía estas palabras se pueden reducir más, ya que de ellas 3.877 fueron escritas para una actividad de un club de lectura que hacemos en mi trabajo, y solo las 1.974 palabras restantes responden a mi primera (y hasta ahora única) experiencia como autora de teatro. Pero quiero creer que todas aquellas palabras escritas desde las voces de otros fueron un entrenamiento para poder escribir mis propias palabras, y por lo tanto, estas de hoy.
Cuando me plantearon hacer un texto para el blog de DREM me lancé a la piscina sin ni siquiera pensarlo demasiado, pero al enfrentarme al cursor parpadeante del ordenador me pregunté: “¿Y sobre qué puñetas puedo escribir yo que pudiera ser medianamente interesante?” Pensé en la masacre de Gaza, los abusos de poder en la América de Trump, los políticos demagogos, los problemas en la educación y hasta incluso mi fe, o más bien, mi ausencia de ella. Pero nada me convencía del todo, así que decidí ir al origen de todo esto, a la causante de que ahora mismo esté tecleando como una maniaca en mi ordenador: la palabra misma.
Los que me conocen saben que tengo una obsesión casi malsana con el diccionario de la Real Academia, que incluso lo uso como una especie de oráculo orientador de todas mis andaduras docentes o literarias, y no solo de la edición más reciente, sino también su devenir histórico desde el vetusto Covarrubias (otra peculiaridad mía…). Rizando el rizo, me fui a mirar qué significa “palabra”, y cito literalmente la primera de sus acepciones: “Unidad lingüística, dotada generalmente de significado, que se separa de las demás mediante pausas potenciales en la pronunciación y blancos en la escritura”. Lo de la unidad y lo de estar separada de otras lo pillo, lo de “dotada generalmente de significado” me resulta más confuso. ¿Significado según la descripción del diccionario? ¿O con verdadero significado para las circunstancias en las que se emplea la palabra en cuestión?
Otra de las cosas que me fascina son los usos que le damos a la palabra, porque “valen lo mismo para un roto que para un descosido”. Nos sirven para denominar todo lo que existe, para indicar nuestras acciones o estados, para describir objetos o circunstancias, para precisar el dónde, el cuándo, el cómo o el porqué. Son, pues, una herramienta imprescindible para las manifestaciones del conocimiento y la creatividad. Como dijo el dramaturgo inglés Edward Bulwer-Lytton en 1839 en su obra Richelieu, or the Conspiracy, “la pluma es más poderosa que la espada”, y quizás por eso hay tanta gente empeñada en silenciar las palabras que salen de ella. La censura no sería otra cosa que el intento de ocultar ese poder porque le teme.
Pero creo que estoy divagando y que, como me diría mi abuela, “me estoy yendo por los cerros de Úbeda”, así que voy a ir terminando con cuatro palabras más. Aun así, no quiero ir con medias palabras, ni con palabras clave que tengáis que desentrañar, palabra de honor. Ni tampoco quiero que mis palabras sean ociosas, ni lanzar palabras al aire, o decir palabras mayores. Como veis, me cuesta ahorrar palabras, y os doy mi palabra de que no lo hago a propósito. Eso sí, creo que a veces debería comerme mis palabras, así que corred la palabra porque os doy mi palabra de que soy una mujer de palabra que os quiere dejar con la palabra en la boca. Veréis que no me faltan palabras, y quizás no entendáis ni media palabra de lo que digo, porque no mido mis palabras. ¡Dios!, ¿por qué no me quitas la palabra? Y esta es mi palabra final… o no.
Cristina I. Pina
7 de febrero de 2026
P.D.: Con este texto que os mando, mi cómputo final de palabras asciende a 774.910. ¿Llegaré pronto al millón? Y ya van 774.917…

