
Por Sofía Eiroa
Un año más mayo y el final de curso me han atropellado como un camión. Ojo que
no digo como un tren de alta velocidad porque, en realidad, siempre corren a su ritmo y es
previsible la colisión, se ve venir. Pero eso da igual cuando estás como el Coyote del
Correcaminos de pegatina en la carretera.
A estas alturas de mi película, (de la que, por supuesto, soy protagonista) ya
debería haber aprendido a conocer mi calendario particular. No es ni anual ni escolar, qué
ironía. Quien me conoce sabe que vivo pegada a una agenda escolar de papel con
adhesivos, colorinchis, tres tipos distintos de marcapáginas y que por estas fechas ya
cuenta con un anexo de folios cortados tan grueso como la propia agenda.
Pues bien, hablaba de mi calendario particular que, a pesar de la agenda escolar, se
rige por dos momentos concretos del año que no tienen día fijo, pero suelen coincidir con
fiestas paganas solares. El primero de ellos es el momento en el que vuelve en la ciudad de
Murcia (qué hermosa eres) a bajar la temperatura. No suele ser antes de Halloween, 31 de
octubre, inicio del año celta. Y ya decía que no lo sé por una fecha concreta, aunque, en
ocasiones, coincida. Corresponde al momento exacto en el que meto la mano en el bolsillo
de un abrigo, cazadora, plumas, chaqueta o pantalón vaquero y encuentro arena en los
bolsillos de mi verano gallego. Sí, mi ropa del verano norteño vale de ropa de invierno en
Murcia. La arena de la praia de Laxe es inmune a los lavados y dice The Winter is coming.
Ser consciente de eso es un instante de lucidez; de grandes planes; de ilusión por lo nuevo.
Saco los jerseys y sudaderas, ropa de manga larga y tacto suave y me dispongo a escribir la
mejor obra de teatro del mundo.

El segundo momento corresponde al siempre traumático amanecer en el que decido
que “hoy quito el edredón de mi cama” después de otra noche de insomnio por imbécil;
por empeñarme en lo imposible. La nube segura y confortable en la que duermo mucho
mejor sin duda es mi edredón. Hasta que llega el día que no hay ventiladores de techo ni
aire acondicionado que eviten que sea inviable dormir tapada en la ciudad de Murcia (qué
calurosa eres). Y entonces monto un ritual de despedida consistente en bajar a la
lavandería de monedas de enfrente. Meter tres edredones en la lavadora más grande (mi
hijas son creyentes del edredonismo al límite, qué remedio, aunque ellas se destapen
mucho antes). Luego meterlos en la secadora, de ahí a una bolsa de plástico con
mecanismo para aspirar, hacerlos muy pequeños con la aspiradora y guardarlos muy bien.
Tan bien que hay veces que me ha costado encontrarlos el invierno siguiente.
Es a pesar del trauma edredonil un momento bonito. Ya huele a verano y con el
sprint del final de curso se empieza a ver luz al final del túnel. De hecho, la luz es un
indicativo bastante fiable también. Hay una luz increíble en el atardecer Mediterráneo. En
Galicia tenemos una hora más en verano. No consta en ningún sitio, pero puedes estar a las
22 h. en la playa, que es de día. Se nos atasca el atardecer y parece que alguien no
consigue echar la persiana de la noche. Se llama estar entre fusco e lusco y dura un buen
rato. No es de día completamente, pero tampoco es de noche y de ahí pasamos a fundido
en negro. Aquí, en cambio, las tardes son muy largas, vuelan las golondrinas inflándose a
mosquitos y el cielo se va quedando de un color azul cobalto, luego ultramarino hasta
llegar a azul Prusia. Perfecto, medido, acompasado, sin una nube en el cielo, con un sol
naranja tequila sunrise intenso. Está claro que el director de fotografía se lo curra
muchísmo. Pues bien, esas tardes de golondrinas y azul Prusia también son un nuevo
comienzo en mi calendario particular. Una cuenta atrás privada para el reencuentro
atlántico, unas inminentes merecidas vacaciones en las que voy a tener tiempo para leer
por gusto, ir de aperitivo cuando quiera (la mejor comida del día) y escribir sin prisa, pero
sin pausa, todas esas ideas que me rondan la cabeza.
Y en esas estamos. Viendo dar vueltas a la lavadora industrial de mi calle. De mi
centrifugado de ideas particular antes de escribir media línea hablamos otro día. Con una
cerveza que me ha traído Vero, la del bar de al lado cuando me ha visto entrar, con una
libreta en mano que pone en la portada List of evil plans y rezando porque Jesús no me
mate e intentando escribir algo. Lo primero que he visto al abrir la libreta es que yo ya hice
un amago de esto en algún momento. Pone con mi letra “consecutivos” no sé por qué y
después “Un soneto me manda hacer Violante y tachado Violante por Jesús justo después.
(Léase Jesús Galera Drem/La máquina de las Nubes para los no iniciados. Uno de los
motores de mil proyectos, círculos viciosos, libros, publicaciones, blogs y un largo etc.
Gran escritor y persona a quien no me gustaría decepcionar).
No me entiendo. ¿Por qué le dije que sí a una entrada en mayo cuando es uno de
mis peores meses? ¿Desde cuándo lo sabía? Y, sobre todo, ¿por qué no lo hice
inmediatamente y ya? Una vez más soy mi peor enemiga.
Hablando con Fulgencio M. Lax, café mediante, me decía que escribiera sobre la
página en blanco. Esos bloqueos que, al final, quien más quien menos ha tenido en algún
momento. Hablamos de lo que él llama socarronamente “la dramaturgia del silencio” en
relación a las obras que uno escribe en su cabeza y en ningún sitio más. Y que alguien
como él que escribe todos los días diga que hay veces que tiene bloqueos y no escribe, y se
dedica a pintar hasta que se le pasa o alterna pintura y escritura; o siente que se queda sin
ideas, reconforta no sabéis cuánto.

Por fin me he dado cuenta de que no es la página en blanco lo que me da miedo.
Son los plazos. Me bloquea el ser consciente del paso del tiempo cuando tengo una tarea
pendiente. No descanso bien hasta que no tacho en mi agenda la dichosa tarea. Me da
miedo el ruido de un reloj hasta el punto de no poder dormir si hay un tic tac en la
habitación. No soy original en esto tampoco, Antonio Vega ya cantaba hace años (“solo me
asusta escuchar los relojes en la oscuridad”) También hay una parte de voy de sobrada en
mí, un “me da tiempo” escondido en algún lugar de mi cabeza que precedió todos mis
exámenes en esta vida.
Y luego está el grado de exposición. Tengo redes sociales que no uso casi nada,
desde luego no habitualmente. Contar sobre el hecho de escribir, este blog entre miembros
de Drem es casi como enseñarnos las braguitas en el patio del colegio. Admiro y quiero a
esta gente fantástica que compone la tribu variopinta de Drem, casi una troupe de circo
visto desde fuera. Tenemos un presi psicólogo militar que a veces escribe desde un barco
en alta mar en misiones de las que no se habla. Varias motomamis escritoras, actrices y
directoras, motopapis también, una mocatriz, algún jubilado que de jubilado nada,
profesionales, varios profes y teóricos del teatro, algunos traductores…Ya nos podemos
hacer una idea del grupo. Juntos y/o por separado damos para serie Netflix sin problemas.
No somos muchos y nos llevamos tan bien que cuando invitamos a autores de fuera no se
lo pueden creer. En medio de todo esto yo me he convertido en presentadora suplente
oficial, tertuliana de mesas redondas y me he acomodado en una posición que me permite
participar sin enseñar demasiado. Cada vez que asisto a algo con ellos me dan unas ganas
locas de escribir y me dispongo a hacerlo.
Y en eso seguimos. Valga de excusa que voy con el calendario al revés. Al menos
hoy lo he visto claro. Shakespeare y toda la Inglaterra isabelina vivían con otro calendario
y seguro que pensaban que los que íbamos al revés éramos el resto del mundo. Esto tan
inglés a mí no me pasa. Soy consciente de que soy yo la que va al revés hoy, en mi nuevo
cambio de ciclo más que nunca. Siguiendo el ritmo de la lavadora (Eppur si muove) estoy
fuera de juego. Soy arrítmica, si alguien no me cree que pregunte en mi gimnasio por las
veces contadas que he acompañado a mi hija a una clase de zumba (el infierno era eso).
Me hago trampas a mí misma. Ahora es cuando separo algunos párrafos y luego pongo un
espacio interlineal de uno con cinco e voilà ya tengo mucho más texto escrito. “Burla
burlando van los tres (folios) delante”. Puestos a hacer trampas le pregunto a una Ia que
me escriba algo sobre el tema. Esto es lo que me escribe:
“Máscaras de papel. Es una obra que explora la lucha interna de un grupo de
escritores que se enfrentan al síndrome de la impostora y al temor a la página en blanco. A
través de diálogos introspectivos y momentos de vulnerabilidad, los personajes revelan sus
inseguridades y el miedo a exponerse públicamente, temiendo decepcionar a sus seres
queridos, y a sí mismos”.
La cachonda de la Ia divide la obra en tres partes “La parálisis creativa”. ”El
enfrentamiento interno” y “La revelación” Y concluye diciendo:
“Máscaras de papel es una celebración de la vulnerabilidad y la autenticidad. A
medida que los personajes aprenden a aceptar sus imperfecciones, descubren que el
verdadero arte nace de la honestidad y la conexión con uno mismo y con los demás. La
obra invita al público a reflexionar sobre sus propias luchas y a liberarse del miedo a
decepcionar, recordando que cada historia, por incompleta que sea, merece ser contada”.
Pues eso, queridos, que nos están adelantando por la derecha. Vamos a tener que
ponernos a escribir en serio. No me extraña que mi alumnado se dedique a invertir en
aplicaciones de Ia. A todo esto, me acabo de dar cuenta de que yo en realidad me había
propuesto escribir sobre la enseñanza, el teatro y la creatividad en el aula de escritura. Tal
vez de ahí la anotación de “consecutivos” en mi libreta de planes malvados. Corregir,
calificar los proyectos y consecutivamente a eso hablar del proceso creativo en este blog.
No consigo recordarlo, pero “mirad si son catorce y está hecho”. Le diré a Jesús que me
agende una fecha para tratar el tema. Tengo unas ganas locas de escribir sobre eso.

