CUANDO LA NADA SÓLO ES CAPAZ DE LLENAR EL VACÍO

CUANDO LA NADA SÓLO ES CAPAZ DE LLENAR EL VACÍO

Fulgencio M. Lax.


Nada. Un profundo vacío que ha dejado a todos los diccionarios sin significados. Las lenguas son insuficientes porque las palabras han perdido el poder de dar sentido a la vida. La muerte, la oscuridad, el terror, el vértigo, el desierto de las emociones se extiende como una nebulosa que todo lo envuelve y lo devora. Ya no es suficiente ni tan siquiera rendirse ni huir ¿A dónde huir? Las bombas llevan un dispositivo inteligente que detecta rápidamente a los que huyen, sobre todo si la masa está compuesta por niños, niñas, ancianos, ancianas y mujeres más jóvenes. Hay otro tipo de bombas que caen sobre los que no huyen porque también son detectados de forma inteligente. Entonces ¿para qué sirven las palabras? ¿Qué utilidad tienen las bibliotecas? ¿De qué nos han servido tantos años recorriendo los caminos de la belleza? La poesía. La novela y la poesía; la pintura y la poesía; la escultura y la poesía; la música y la poesía. El amor. ¿De qué nos ha servido?

Miro todo lo que he escrito estos últimos cuarenta años, lo miro con nostalgia porque percibo el entusiasmo y la entrega con la que lo hice. Hoy todo eso ha huido porque miro a mi alrededor y veo cómo los dioses de la guerra hablan y hablan sin importarles para nada los muertos y los que sufren. Qué poco hemos aprendido de esa primera obra bélica de teatro que son Los persas, de Esquilo, o de Lisístrata, de Aristófanes o de Anfitrión, de Plauto, o de Madre Coraje, de Brecht o de nosotros mismos y de nuestra historia más reciente. Con la guerra de Irak se inventó la locución más terrible que podía ofrecer el lenguaje: Daños colaterales, porque decir Inocentes era demasiado dañino para las conciencias de reclinatorio.

Las calles están llenas de escombros, de cascotes de proyectiles, de cadáveres, de utensilios de guerra olvidados, de charcos cubiertos de barro en descomposición. No es necesario estar en la guerra para estar en la guerra. Es sólo cuestión de tiempo que nos veamos envueltos entre los escombros y dará igual que sean vigas, ladrillos o adoquines, bastará con que sean escombros y, seguramente, serán de los peores porque no hay peor escombro que el que se encuentra dentro de nuestra alma, allí donde es imposible cualquier tipo de reconstrucción. Las heridas son mortales y sólo aventuran la destrucción total y el exterminio.

Me pregunto si ese Dios que bendice a América y que permite el genocidio que está perpetrando Israel con Gaza es el mismo que protege y bendice a los gazaties, a los ucranianos, a los sirios, a los iraníes, a los iraquíes. Me pregunto si ese Dios que bendice a los que fabrican las armas y a las víctimas de esas armas es el mismo Dios que bendice a todos los desahuciados del mundo. Seguro que no. El primero existe mientras que el segundo es sólo una quimera.

Y así se va construyendo el espacio que hoy nos acoge, con escombros, con olores de putrefacción, con soledades, con miedos y sin futuro. Y este es el desierto por el que transito intentando alcanzar un horizonte, el que sea, pero sólo encuentro un fuerte destello al fondo que no soy capaz de distinguir entre el sol o la explosión de una gigantesca bomba. Y eso es lo más preocupante cuando se acerca el futuro, porque después no hay nada y eso lo invade todo hasta que esa nada se devora a sí misma y, la nada de la nada, sólo puede producir una nada más profunda. Si al menos nos quedara el lenguaje.

DREM
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