DE CÓMO MI CUADERNO ENFERMÓ DE HIPOTERMIA

DE CÓMO MI CUADERNO ENFERMÓ DE HIPOTERMIA

Por María Alarcón Campos


Desde hace un tiempo me he acostumbrado a satisfacer un estupendo vicio matutino: escribir tres páginas en ayunas. Lo pongo en negrita porque este matiz es importante, les puedo asegurar que no es lo mismo escribir habiendo comido que sin nada en el cuerpo. Parece ser que cualquier cosa que hagamos es mejor hacerla en ayunas, todo cunde más, y luego la sensación de superioridad que se te queda no tiene precio, porque es un ayuno elegido, y eso es muy de gente pro. Si ustedes van por la calle y están atentos, pueden saber perfectamente quién ha hecho cosas en ayunas y quién no. Los que sí, están como más altos. Yo por ejemplo, con mi metro sesenta, puedo duplicar mi tamaño cualquier mañana si he hecho algo en ayunas.

“¡Qué productiva!” ”¡Se le nota que se siente orgullosa de sí misma!” “ ¡Pero qué humilde al mismo tiempo!” “¡Esta chica no era tan alta antes, seguro que ha hecho algo en ayunas!” “¡Bien por ella!”

Sí,lo han adivinado. Me gusta imaginar los pensamientos de la gente. Hay veces que me hablan fatal. ¡Es una tortura!

Alguien me aconsejó este truquito de las tres páginas, me dijo que a él le había salvado de unos de los bloqueos creativos más grandes que había tenido, que estuvo un tiempo escribiendo sus tres folios y que enseguida brotó un texto magnífico, y con el que está muy ilusionado ya que se iba a estrenar enseguida. Hacía tanto que yo no escribía un texto teatral que no sabía si tenía derecho a definirme como dramaturga.¿Cómo no le voy a creer si ese día estaba altísimo?.

El caso es que todas las mañanas hago mi ritual de calentamiento: tres páginas de morralla insustancial, con una frase o dos que quizá valgan la pena. Pero no importa, esas tres páginas no persiguen ningún objetivo literario, solo el de calentar los músculos de la muñeca y vaciar un poquillo el cerebro de basura inservible. Esas páginas no las puedo volver a leer, y tiene su lógica, porque así me aseguro de no emitir ningún juicio sobre lo escrito, y esto me lo intento tomar muy en serio. Al principio tuve la tentación de releer algo, por el simple placer de ver cómo se veía mi letra, y la página me cortó con su afilado borde, una sola gota de sangre. Lo dejé estar, no le di importancia.

Cuando vino la segunda tentación ya había olvidado el incidente, habían pasado unas semanas, así que pude leer un parrafito, uno chiquitito y bastante insulso, que hablaba sobre una mancha que había en la pared, y de repente: ¡Plaf! El cuaderno se me resbaló de las manos y se cerró en mi cara. Me abofeteó solo un par de veces, pero con bastante fuerza para ser un cuaderno tamaño A5. Esto fue lo más extraño, he investigado por si había otros casos de cuadernos con retroceso, pero no aparecen, al menos sin ir mecanizados. Como ustedes comprenderán, me tomé el asunto como algo personal.

No he vuelto a leer nada de lo escrito en mis páginas matutinas, temo por mi vida, se ha convertido en un acto peligroso. Es tan grande el miedo que tengo a volver a leer lo escrito, que he desarrollado una habilidad suprema también para olvidar lo que vomito en las tres páginas, no vaya a ser que reciba otro ataque del cuaderno . Y claro, a pesar de que hago religiosamente el calentamiento cada mañana, después no brota nada, ni una semillita, entonces no tengo manera de saber si el abono que he vertido en las tres páginas es sustancial o no, porque lo he olvidado por miedo, intuyo que también por vergüenza. Pero esta mañana…

Esta mañana me he levantado torpe, no he dormido bien, y el cuaderno se me ha resbalado de las manos y ha caído al suelo. El terror me ha invadido por completo. Si un cuaderno es capaz de abofetearme a doble hoja, ¿qué no hará si cree que lo he tirado? Muy despacio, y con muchísimo respeto me he acercado a él…¡Estaba abierto por el día 15 de agosto! Solo he podido ver la fecha y las palabras “soldado imperial”.

¡Qué horror! ¡No debería haber leído nada! Mi pareja se ha despertado, parece ser que he gritado . “¿Qué pasa? “ Me ha dicho él al borde del infarto. “¡El cuaderno, el cuaderno!!” Le he vuelto a gritar, mientras me escondía detrás de él intentando proteger mis órganos vitales. “¿Éste?” Y entonces….entonces lo ha cogido él, lo ha cerrado, y me lo ha dado. ¡Como si nada! Siempre me ha fascinado su aplomo. “Sí” He contestado yo con un hilo de voz y cogiendo el cuaderno como si acabara de desactivar su carga explosiva. “¿Qué pasa?” … “Nada, duérmete”. Y se ha dormido, cada uno tiene sus superpoderes.

La habitación se ha quedado en calma, pero en mi cabeza solo podía oír las palabras “soldado imperial”, como un repiqueteo. Yo seguía teniendo el corazón a mil, apretaba el cuaderno en mi pecho, como para calmarme yo, pero también como para calmarlo a él. “Soldado imperial”, “Soldado imperial”, me he visto diciendo estas palabras en voz alta, y como en un acto automático me mecía mientras las decía. “Soldado imperial, soldado imperial”, ¿Qué significaría eso? ¿Por qué lo escribiría? “Soldado imperial,soldado imperial” Me he levantado por la habitación como si intentara dormir al cuaderno con mi nana particular, y cuando ya empezaba a ponerle una musiquilla, mis ojos han reparado en algo que había encima de mi armario y lo he recordado todo de golpe. Ha sido como abrir una caja fuerte, como desbloquear un recuerdo de la infancia. Entonces he guardado el cuaderno en el congelador, y le he puesto un candado a la nevera, he encendido el ordenador y me he puesto a escribir, de manera furtiva.

El 15 de agosto se presentaba como un día más bien soso, el verano en Murcia se estira como un chicle y se vuelve pegajoso. No pintaban bien las tres páginas que iba a escribir esa mañana: queja del calor, queja del insomnio, queja del aburrimiento, queja de la falta de ideas para escribir teatro… me daba pereza volver a escribir esa lista quejicosa, así que decidí probar algo nuevo y me puse a describir lo que había en mi habitación. Empecé por las maletas que había guardadas encima de mi armario: una negra normal, una mochila, otra maleta que no sé por qué motivo me recordaba a la cabeza de un soldado imperial de Star Wars… ¡Ahí estaba la llave! Ese hallazgo pareidolico me hizo cosquillas en el cerebro y éste, deseoso de algo diferente, se puso juguetón. Imaginé una conversación estúpida entre las maletas, algo sobre los tipos de los materiales del que estaban hechas, de que ya no se hacían maletas como las de antes, de que por qué ellas no son de las que guardan fajos de billetes, de que siempre hay que mantener la esperanza… y de repente, mi suegro, que estaba (y está) en una foto encima de la cómoda que hay al lado del armario empezó a meter baza: “Si esto lo supieran en la OTAN” me pareció escuchar.”¿Qué?”pregunté en voz baja, ya que no sabría que explicarle a mi pareja si me encontraba hablando con la foto de su padre. “Cállate, Pepe, ¿Qué más dará eso ahora?” Al lado de la maleta-soldado-imperial había un maletín de piel que perteneció a mi suegro, y que estaba hablando bastante contento con la maleta sobre no sé qué galaxia muy muy lejana; al escuchar a mi suegro hablar, la voz del maletín su voz se puso muy seria, como de político, ese “Cállate, Pepe” dicho por el maletín de manera tan formal casi me hace caerme de la cama, hay que reconocer que la situación era desternillante, ya que el maletín estaba repleto de lunares de colores que yo le había puesto hace unos años cuando trabajaba en colegios haciendo talleres de animación a la lectura, y que usaba para sacar los objetos más disparatados para intentar captar la atención de los niños.

Cuando mi suegro falleció, sus objetos se repartieron entre sus hijos, y nosotros nos trajimos a casa, entre otras cosas, ese maletín y un portatrajes que yo he usado también para guardar vestuario teatral. Mi suegro, además de una persona excelente, había sido militar, con una carrera profesional bastante exitosa. Fue paracaidista y compitió en la selección española, y luego, cuando lo destinaron a Madrid, empezó a trabajar en algo que era alto secreto, parecer ser que relacionado con la OTAN, pero de lo que no se puede saber mucho, porque incluso a sus hijos les estaba vetada la información. El caso es que ahora ese maletín que en su juventud portaba documentos de seguridad nacional, luego portó confetti, serpentina y marionetas; y que el portatrajes que en su momento albergó uniformes de gala militares, ahora portaba vestuarios con alguna lentejuela, y claro, mi difunto suegro se quejaba del destino de sus pertenencias, al menos en mi cabeza, y sus pertenencias ahora reían felices con tanto colorinchi.

Los objetos a los que se les da una segunda oportunidad tienen una memoria mucho más interesante que la nuestra, eso está claro. Así que allí estaba mi semilla, encima del armario. En mi próximo texto teatral hablarán los objetos, espero que a la OTAN no le importe.

Y después de escribir estas tres páginas me voy a desayunar, que hoy me lo he ganado.

DREM
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