
Francisco Pérez Cánovas
El oficio de escribir no entraña peligro alguno…
El oficio de escribir no debería entrañar peligro alguno. A lo largo de la historia, algunos dramaturgos han sufrido en sus carnes calamidades que ni siquiera hubiesen podido imaginar en su creación dramática.
Dramaturgo siempre ha sido una palabra que no ha terminado de convencerme; me suena grandilocuente, casi pomposa. Imagino que quien la eligió para el maravilloso arte de escribir teatro desechó otras tales como: dramatista, dramatero, comedista o comedero, y ni por asomo pensó en comedurgo, tragedurgo o teatrurgo.
No. Definitivamente la elección fue la correcta. Ya me va sonando mejor. Dejemos las cosas como demiurgo manda.
Volvamos a los fatídicos acontecimientos que padecieron estos insignes personajes de las letras.
Tal es el caso de Esquilo, según cuenta la tradición, el autor griego murió por el impacto de una tortuga que un águila dejó caer sobre su calvicie. Parece ser que el ave confundió la despejada cabeza del escritor con una roca y lanzó la tortuga desde el aire para intentar romper su caparazón. Lo curioso es que el oráculo le vaticinó una muerte violenta que Esquilo interpretó como la posibilidad de ser aplastado por el derrumbe de una casa, se marchó al campo creyendo que allí estaría a salvo, pero hete aquí que la desgracia le llegó a cielo abierto. El augurio siempre acaba cumpliéndose.
Menos aparatoso, pero igual de trágico, fue el final de Jean-Baptiste Poquelin, Molière. Representando El enfermo imaginario, el autor francés comenzó a sentirse mal y sufrió un fuerte acceso de tos. Al final de la representación, se desplomó. Horas después, falleció en su domicilio. El personaje que interpretaba, Argán, era un hipocondríaco obsesionado con sus enfermedades. Molière padecía tuberculosis pulmonar, un irónico final. La leyenda popular sostiene que el autor vestía de amarillo en su última representación y de ahí la fobia a ese color entre bambalinas.
Pero sus desgracias no acabaron con su muerte, el arzobispo de París se negó a dar sepultura a un cómico que además había muerto inconfeso. Tras dimes y diretes, el rey Luis XIV se hartó de la situación y directamente le preguntó al arzobispo la profundidad a la que se encontraba la tierra sagrada. Este le contestó que a seis metros de hondura, a lo que el rey replicó: Pues entiérrelo a cinco. Este hábil monarca bien podría haber sido un reyurgo. Sin dar crédito a esta leyenda urbana, lo cierto es que el entierro del dramaturgo francés se produjo con nocturnidad y alevosía, sin servicio solemne y sin pompa alguna, siendo testigos las sombras de un pequeño cementerio en Montmartre.
Tennessee Williams, el célebre escritor teatral norteamericano, encontró el final de sus días a causa de un tapón de plástico. Al parecer, sujetó entre sus dientes la tapa de un líquido para los ojos con tan mala fortuna que se atragantó y acabó asfixiándose. De repente, el último verano.
Para no acabar con este mal sabor de boca y comprobar que las cosas nunca son lo que parecen, referiré el caso que sucedió en el En el Abbey Theatre de Dublín donde se representaba la obra The Playboy of the Western World del irlandés John Millington Synge, durante la representación se desató un auténtico motín, el público insultó, abucheó e incluso llegó a lanzar objetos contra el escenario al considerar que el texto ridiculizaba a los campesinos irlandeses y usaba un lenguaje poco apropiado. Lejos de ser un auténtico fiasco, la compañía viajó a Gran Bretaña y a Estados Unidos, donde cosechó grandes éxitos de crítica y de público. Con el tiempo, esta pieza, ha sido considerada un clásico imprescindible en el teatro del siglo XX.
Finalizo con las sabias palabras que Hamlet le dice a Polonio:
Mi buen amigo, cuidaréis de que los Cómicos estén bien atendidos. ¿Oís? Haced que los traten con esmero, porque ellos son el compendio y breve crónica de los tiempos. Más os valdría un mal epitafio para después de muerto que sus maliciosos epítetos durante vuestra vida (William Shakespeare: Hamlet, Acto II, esc. 2ª)
Pues eso, cuidad a los cómicos.
Francisco Pérez Cánovas

