
Fulgencio M. Lax
Ahora que tengo algo de perspectiva sobre mis creaciones dramatúrgicas, después de más de cuarenta años escribiendo, puedo decir que mis personajes tienen miedo, siempre han tenido miedo y están más inclinados al silencio y a la redención que a realizar acciones heroicas de salvación, por eso se ocultan en los oscuros túneles donde sólo se oye el chirriar de las tuberías. Viven en una continua pesadilla que dura días y días, y temen despertar y darse cuenta de que están muertos sin haber vivido.
Esta es mi dramaturgia y es desde la que puedo hablar. Mis personajes son personajes de hoy que sufren la realidad inmediata del hombre y de la mujer de hoy, y lo hacen con ansia desmedida porque quieren despertar, no quieren morir mientras duermen. Así me lo dicen a gritos en mis pensamientos y así lo entiendo yo: “Si despertamos tarde es posible que cuando lo hagamos ya estemos muertos y no podamos disfrutar de la libertad, del amor, de la presencia de los otros, de los paisajes, del aire limpio… No podamos vivir. ¡Tenemos que despertar!” Y sus gritos se van acumulando texto tras texto.
En el teatro, en mi teatro –Hay muchos teatros. También hay muchas dramaturgias pero mi dramaturgia es esto-, yo busco esos espacios, esos universos dramáticos que no me dejen dormido, que me despierten a mí, a los lectores, a los espectadores y, por supuesto a mis personajes. Que nos despierten para poder sentir al diferente, al igual, al que camina con mis zapatos y al que lo hace con otros distintos. Para poder sentir cada uno de mis latidos y de mis pensamientos sabiendo que son míos, mis luchas, mis demonios y poder reconocer el aire fresco cuando lo encuentro.
Tengo el mismo miedo que mis personajes. No quiero que en el sueño me devoren las pesadillas porque el poder de mis sueños quiero que sea mío y no de los tiranos asesinos que, destilando veneno, se nos cuelan en las horas felices mientras dormimos, mientras somos débiles y estamos desprotegidos. Por eso hay que despertar cuanto antes, me lo dicen mis personajes continuamente.
La realidad sabe que somos olvidadizos, que pronto olvidamos los dolores del alma, esos dolores íntimos de nuestro conflicto con la existencia, pero también esos dolores que nos producen la agonía y el sufrimiento de los otros. Pronto todo se normaliza y pronto todo vuelve a repetirse porque nos hemos quedado dormidos demasiado tiempo. La realidad juega con la desmemoria.
A lo mejor hay que volver a Büchner, a Ibsen, a Chejov. A lo mejor no podemos olvidar que, tan solo hace unos años en la historia nos encontramos a Pirandello, a Brecht, a Beckett, Arthur Miller, Peter Weiss, Kippart, Müller, la malograda Sarah Kane y tantos otros que agitaron la campanilla para que los personajes despertaran. Necesitamos la memoria para tener memoria y no caer en el oscuro abismo de nuestros demonios, ni en el continuo olvido al que nos somete el dirigismo histórico de los tiranos.
Seguiré buscando la forma que mis personajes despierten y no mueran dormidos. En mi armario no tengo armas ni ejércitos para luchar contra el sueño profundo y contra el olvido, sólo la palabra, que es un arma mucho más mortífera que las balas y las bombas.

