
Ayelén
Aylen
Ayelen
Yatelén
Avecrem
Eyeliner
Abelén
Mayalen
Hayalem
Alen
Elena
Aylin
Yilin
Estos son los múltiples nombres que conforman las múltiples versiones de mí misma que habitan en mi cuerpo. La lista se engrosa conforme la gente pasa, entra y sale de mi vida y, aunque siempre me sirva como anécdota graciosa, es uno de los motivos por los que yo decidí ser actriz. Siempre he deseado no tener que dar explicaciones por mi nombre. A las niñas que se llaman María nadie les pregunta de dónde viene su nombre ni por qué sus papás le decidieron llamar así. Sin embargo, la curiosidad mató al gato, así que mi respuesta a ese tipo de preguntas siempre es: «Señora, procede de la tribu Mapuche, una de las últimas tribus en resistir a la conquista europea en Sudamérica» (acompañado de una sonrisita incómoda y un alejamiento apresurado). Sin embargo, lo que a mí me hubiera gustado responder es “¡Oh, agradable señora! Todos en mi familia nos llamamos así, pertenecemos a la secta de las Ayevecúas y significa excrementos de caballo en indio” En cambio, mis padres, ante todo, me enseñaron a ser educada. Pero ganas, nunca me faltaron.
El tema es que, en la actuación, tener un nombre raro es positivo, justo por eso: porque se te reconoce fácilmente. Todo el mundo sabe quién es Zendaya, y la tía no necesita ni apellido. Y lo mismo ocurre con Rihanna, Shakira, Rosalía o Cher, que, además de ser buenas artistas, han sido las primeras en llamarse así y meter cabeza en la industria. Cuando me di cuenta de que el nombre Ayelén, a secas, no estaba cogido todavía, supe a qué me quería dedicar. Eso y que me gustaba dar el cante.
Y sí, admito que esto de querer ser la primera actriz denominada Ayelén (así, sin nada más) suena pretencioso, pero me gustaría aclarar que no ansío un reconocimiento mundial, ni siquiera busco el reconocimiento de mis padres; simplemente es mi careta de estrella. Este nombre ha conformado muchas facetas de mi personalidad (buenas y malas), y tanto la fonética, como las letras que lo componen son una extensión de mí (en un sentido muy abstracto). Por eso cuando hago arte, expreso lo que siente Ayelén, desde Ayelén, con todas las personas que quieran compartir eso conmigo, exprimiendo las rarezas que me caracterizan.
Al escribir (facultad que estoy desarrollando recientemente porque antes no era capaz de hilar dos conceptos seguidos) me ocurre un poco lo mismo. Soy incapaz de desligarme del texto que tengo que plasmar; soy incapaz de abstraer mi cuerpo para que nada de mí aparezca sobre el papel. Cuando pienso en ponerme a escribir, lo que aparece frente a mí no es una hoja en blanco, sino que es mi cuerpo, mi voz y mis gestos; en definitiva, Ayelén. Y, aunque a veces sea frustrante porque, para empezar, es una gran limitación, por ahora me permite echar el ancla y centrarme en cuestiones más sencillas. ¿Qué parte de mí quiero expresar? ¿Qué puedo aportar yo? Al final, después de cuatro años de carrera en Arte Dramático, puedo decir que conozco mi instrumento. Y después de veintidós años siendo hija única y conviviendo solo con mi propia mente, puedo afirmar que cuanto más acotadas estén mis posibilidades creativas, mejor: menos opciones de irme por las ramas.
Y, en realidad, cualquiera podría decir que no escribo sobre otra cosa porque me da miedo o porque soy una ególatra narcisista (que un poco sí), pero creo que no escribo (todavía) sobre otras cuestiones porque siento que, si escribo sobre mí, poniéndome a mí en escena, Ayelén se convierte en un personaje y el juicio, tanto de la gente externa como el mío propio, es menor. Mi yo escénico se convierte en la versión de mi yo real que yo quiero que la gente vea, como ahora. Realmente la que aparece frente a ti, en este momento, no soy yo (yo, yo, quiero decir), sino la Ayelén ficcionada, la que me gusta presentar en mis textos porque es más segura, divertida y sarcástica. En definitiva, mi coraza. Y hago esto porque sí: tengo miedo a sentirme vulnerable, a crear algo que no esté a la altura, a arriesgarme a que a la gente no le guste ese «yo» que estoy mostrando. Por eso acabo exagerándolo todo mucho más, porque prefiero que a la lectora/espectadora le caiga mal esa invención de Ayelén, que la real. Así que, al final, cuando escribo, acabo retratando una versión fingida de mí, pero que sí aborda mis propias problemáticas. Provoco que la ficción y la realidad se fundan en una especie de conexión de ideas y palabras que derivan en reflexiones sobre la sexualidad, humor negro y egocentrismo
escrito
(o vomitado,
depende de cómo se quiera apreciar)
según denomina Lucía Miranda cuando hace verbatim,
en verso orgánico.
Siguiendo las pausas naturales
que emito al redactar las palabras,
las pausas naturales de una respiración.
Y es que, al final, sentarme enfrente del ordenador a escribir e inventar está completamente fuera de mi zona de confort. A mí lo que me gusta realmente es revolcarme por el suelo, gritar, correr y bailar. Esto es un mero trámite para hacer todo eso por mi cuenta. Y, sin embargo, cada día tengo más y más ganas de escribir cosas distintas; cosas que no tienen nada que ver conmigo, pero que me muevan por dentro; cosas que puedan hacer florecer esos otros «yoes» con nombres ajenos al mío, pero que, no sé por qué, siguen perteneciéndome. Quiero escribir para poder trabajar un poco más, y experimentar un poco más, y jugar un poco más… y todo un poco más. Aunque, por ahora, poco a poco; que yo el «vísteme despacio que tengo prisa» me lo estoy tomando muy en serio. Todavía me toca seguir investigando en las posibilidades de esta Ayelén, que día tras día tiene que tragarse sus miedos y abrirse un poquitito más, expresar un poquitito más. Que aún me queda mucho camino.
Ayelén

