El implacable avance de esta labor

El implacable avance de esta labor

Malva Cano Navarro


Siete veces me he sentado y siete veces he empezado este texto con distintos grados de convencimiento, de motivación, de inspiración y de lucidez. Siete intentos, siete, he tirado a la basura digital. Siete: número cabalístico y ficticio aquí. Así hasta que me he rendido a ignorar la premisa de evitar los recursos literarios. Por tanto, desactiven sus dispositivos electrónicos, respeten al resto del público y presten atención. Se abre el telón. 

Al mirar mi relación con la escritura en general y la composición para la escena en particular, me entra un escalofrío por mi contracturada espalda y un síndrome de le impostore me aturde, paralizándome. Cuando mi entumecida maraña de neuronas me permite algo de clarividencia, me pongo a buscar. ¿Quiénes han alcanzado el éxito y el reconocimiento desde otras disciplinas? Por suerte, este flamante año dos mil veinticinco cuenta con herramientas inimaginables. Al menos inimaginables para quien se crió con un total de dos canales de televisión, por ejemplo. Preguntándole a la red de redes, descubro nombres que conozco, cuyos orígenes son la Filosofía y las Matemáticas, o las Bellas Artes y la Psicología. A continuación le pregunto a mi contractura lumbar. Esta me responde que el cuerpo que he puesto en escena se ha autoescrito y se ha autocompuesto. Me insiste en que ha conmovido, divertido, disgustado y sorprendido utilizando desde artificios espectaculares hasta simples poemas, desde el perifollo hasta el desnudo. Me recuerda que deje de autosabotearme constantemente, confíe en mí y alce la voz. Que saque las habilidades de mocatriz y traductriz.

Lo que componemos para las tablas va más allá de lo que clásicamente se conoce como literatura. Sacar el texto de la celulosa y el pigmento para encarnar(se) le imprime un mayor ímpetu, más inmediatez y más transcendencia. La materialización que se da a partir de la representación escénica establece una conexión inexorablemente humana. Se trata de un pacto de ficción que roza la magia, pues jamás podrá el escenario engañar al ojo por verosimilitud, pero cautivará al corazón con su autenticidad. La dramaturgia puede convertir algo que podría parecer banal, como un aprieto con tu compañero de piso, en una significación de fortaleza, en una oda a la seguridad en una misma cuando se planta y se defiende. Todo ello, lo puede conseguir en un lapso de tiempo brevísimo y con una eficacia apabullante. Componer para los escenarios pone así de relieve —con la urgencia que tiene el cuerpo vivo— imaginarios que nos hacen reflexionar sobre nuestra sociedad, sus relaciones y sus conflictos. 

Disidir es una fuente de conflicto y en este nuestro siglo veintiuno hemos aprendido lo que es la disidencia del sexo-género. Hemos desentrañado la opresión de las mujeres y, junto con esta, la de las feminidades. Los avances en tecnologías matrimoniales (como el divorcio y el matrimonio igualitario) nos han permitido experimentar más allá del binomio productivo-reproductivo y de la familia nuclear heredada de tiranías históricas encadenadas. Nos han permitido refutar las normas que entronizan unas formas del cuerpo sobre otras, un color de piel sobre otros, un origen sobre otros, una expresión sobre otras, unas capacidades sobre otras y unas riquezas sobre otras, por mencionar algunos hallazgos para la población general. Gracias a muchas personas que hemos trabajado por ello, se ha ampliado así el cánon en la representación audiovisual, escénica, literaria y televisiva. Las disidencias han ido incorporándose y reconfigurando la mirada de nuestras audiencias. 

A diferencia del uso del número siete, algo concreto y discreto, como arranque y lamento, la realidad es compleja. Esto demuestra el mero hecho de cómo podemos codificar tantos colores y sabores de personas en la obra dramática. El mismo ejercicio dramatúrgico en sí suele ser una simplificación, a menudo necesaria para atender a esa urgencia que mencionaba y a esa conexión que habitualmente buscamos. Como gremio, deberíamos encontrar las maneras de aceptarlo e integrarlo, entendiendo la defensa de la profesión no como una cruzada para ponerle puertas al campo, sino como la recolección de las maravillas de la gente. Necesitamos que nuestras contracturas, nuestros quebraderos de cabeza, nuestras vivencias, nuestros callos del lápiz o de las yemas de los dedos, sirvan a un fin honorable. Observemos, cultivemos y fomentemos la creación escénica por doquier. 

En este mundo, de hecho, hay una fuerza increíble en muchísimas de las personas que graban vídeos para redes sociales. Este rizoma indómito de narraciones y autonarraciones, constituye en realidad un estallido de dramatización de la vivencia y democratiza los principios mismos de la dramaturgia. La convierte en una práctica abierta, donde pueden hacerse oír voces sin título y formas de vivir hasta ahora desahuciadas de los relatos de las sociedades, acalladas por los poderes biempensantes y miradas por encima del hombro. Me gustaría que viviéramos la aceleración a la que nos ha expuesto la tecnología con el júbilo de quien descubre un vergel. Abandonemos las lógicas de control fronterizo, de la «policía de la profesión» que dicta cómo deben ser las cosas, del encorsetamiento impuesto por quienes alcanzan poder. Abracemos la transformación del arte y de la sociedad, por dos motivos principales: porque no se puede evitar y por ser mejores personas. De lo contrario ¿cómo creéis que aparecerán la próxima Angélica Liddell o el siguiente Juan Mayorga?

DREM
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