
Miguel Galindo
Distinguidos colegas del arte de los que aún se atreven a sentarse solos frente a la página en blanco: en primer lugar, quiero agradeceros la oportunidad que me habéis dado para expresarme en estas páginas. Por otra parte, lo que deseo escribir no quiero hacerlo como profesor ni como un periculto que cree que aún lleva el fuego inextinguible de la vocación, sino como quien ha consagrado más de dos décadas al estudio y la práctica del fenómeno teatral, en sus múltiples estratos y, en definitiva, como humilde servidor de esa disciplina que se debe llamar «la más filosófica de las artes». Y vengo a escribir, con la autoridad que otorgan el tiempo y la pasión, para defender al más invisible, al más denostado y, sin embargo, al más indispensable de todos los artífices del teatro: al dramaturgo.
Porque el teatro, queridos amigos, no nace en el bullicio del ensayo general, ni en la magia efímera del foco, ni siquiera en el estruendo catártico del aplauso. El teatro nace en el silencio absoluto de una conciencia solitaria que se enfrenta al abismo de la nada.
Allí, en esa celda voluntaria que es la mesa de trabajo, un ser humano —mortal, y a veces atormentado— se atreve a pronunciar el germen de la creación: «Que existan estos personajes, que sufran estos conflictos, que pronuncien estas palabras que han de atravesar años y fronteras». Ese ser humano, señoras y señores, se llama dramaturgo. Y sin él, el resto de la cadena teatral —por más brillante que sea— no es sino un conjunto de artesanos sin planos, de intérpretes sin partitura, de magos sin hechizo original.
Permitidme, con la licencia que da la edad, desmontar con rigor filológico la falacia contemporánea que tanto daño ha hecho a nuestra disciplina. Se dice, y se repite como mantra en festivales, escuelas y revistas especializadas: «El verdadero autor es el director», «El texto no es más que un pretexto», «En el teatro postdramático la escritura es un residuo obsoleto». ¡Cuánta arrogancia disfrazada de vanguardia! Olvidan, estos nuevos iconoclastas, lo que ya sabía Aristóteles, que la tragedia es «imitación de una acción» y que esa acción solo adquiere forma inteligible a través del argumento urdido por la inteligencia poética.
Olvidan que Shakespeare no fue un director que improvisaba en el Globe, sino un poeta que escribía de noche para que Richard Burbage pudiera encarnar al día siguiente sus inolvidables papeles. Olvidan que Lope de Vega, en su Arte nuevo de hacer comedias, estableció las reglas no para directores, sino para poetas dramáticos; es decir, para dramaturgos. Olvidan que Ibsen, Strindberg, Chejov, Lorca, Beckett, Pinter, Sarah Kane y tantos otros no fueron iluminadores ni coreógrafos, sino arquitectos del alma humana.
El director, sí, ilumina, poda, recontextualiza; el actor, sí, transfigura la palabra en carne y sudor; el escenógrafo, sí, materializa lo invisible. Pero ninguno de ellos crea ex nihilo, ni siquiera el dramaturgo. El dramaturgo se enfrenta al vacío y dice, como el demiurgo platónico: «Que sea». Y al decirlo, asume la responsabilidad más terrible que un artista pueda asumir: la de dotar de sentido ético, político y existencial a un mundo que, de otro modo, permanecería mudo.
Mirad la historia, que es maestra implacable. Sin Esquilo, Sófocles y Eurípides, la tragedia griega se habría reducido a coros dionisíacos sin conflicto. Sin Marlowe y Shakespeare, el Teatro Isabelino sería un capítulo menor de la historia de la literatura. Sin Calderón y Tirso, entre muchos otros, nuestro Siglo de Oro español —el más esplendoroso del mundo occidental— se disolvería en mera fiesta cortesana. Sin Racine y Corneille, el clasicismo francés carecería de su rigor moral. Sin Schiller y Goethe, el “Sturm und Drang” alemán no habría alumbrado el Romanticismo. Sin Ibsen, el teatro moderno no habría nacido; sin Brecht, no habría tenido conciencia política; sin Genet, no habría explorado los abismos de la transgresión; sin Heiner Müller y Thomas Bernhard, la posguerra europea habría quedado huérfana de su propia necrofilia histórica. Y hoy, sin las voces incómodas de Angélica Liddell, de Rafael Spregelburd, de Lola Arias, de María Velasco o de tantos dramaturgos vivos que escriben desde la periferia del poder, ¿qué nos quedaría? Un teatro de gestos bonitos, de instalaciones interactivas, de experiencias inmersivas… pero vacío de pensamiento. Un teatro que entretiene, pero que no transforma. Un teatro que se consume como un algo colectivo y que muere al día siguiente.
Sé que me dirán: «Pero el teatro es colectivo por esencia». ¡Por supuesto que lo es! Nadie lo ha negado jamás. El teatro es el arte más democrático y dialógico que existe. Pero la colectividad no anula la autoría primigenia, como tampoco la anula en la arquitectura, en la música sinfónica o en el cine.
Un edificio es obra de muchos, pero nadie niega que Le Corbusier o Gaudí trazaron las primeras líneas de la mayoría de ellos. Una sinfonía requiere orquesta y director, pero Beethoven la compuso solo. ¿Por qué, entonces, en el teatro —y solo en el teatro— hemos aceptado con tanta ligereza la desaparición del autor? ¿Acaso porque la palabra escrita incomoda? ¿Porque revela que el poder último no reside en quien levanta el telón, sino en quien lo imaginó todo antes de que existiera telón alguno?
Defiendo al dramaturgo porque defiendo el origen del sentido. Defiendo al dramaturgo porque defiendo la literatura que se hace carne, la que no se queda prisionera en la página, sino que se levanta de la butaca y se clava en las entrañas del espectador. Defiendo al dramaturgo porque, en tiempos de algoritmos y de inteligencia artificial él sigue siendo el único capaz de inyectar en la ficción la herida irrepetible de la experiencia humana auténtica: el dolor que no se puede programar, la risa que nace del abismo, la duda que ninguna máquina ha sentido jamás.
Por eso, os convoco a una rebelión serena pero firme. Leed a los dramaturgos vivos y muertos, viejos y jóvenes aunque os incomoden. Producid sus obras aunque no encajen en los cánones de los festivales de moda. Pagad derechos de autor sin regatear, porque robar al creador es robar al arte mismo. Dad tribuna a esas voces jóvenes que hoy escriben en habitaciones diminutas, con la luz de una lámpara barata y con el corazón en vilo. Porque cada vez que un dramaturgo se sienta a escribir, está apostando su cordura, su salud y su propia vida. Apuesta a la frágil esperanza de que alguien, algún día, en una sala a oscuras sienta que su existencia ha sido, por un instante, iluminada, cuestionada, redimida.
Y cuando ese milagro ocurra —cuando el público contenga la respiración, cuando una lágrima surque una mejilla o cuando una carcajada libere el alma—, recordemos siempre con gratitud: el aplauso final no pertenece solo a quien está bajo los focos. El aplauso pertenece, en un silencio sagrado y eterno, a quien lo imaginó todo antes de que nadie subiera a las tablas.
¡Viva el dramaturgo!
¡Viva la palabra que se hace carne y sangre en el escenario!
¡Viva el teatro que, contra toda moda y contra toda muerte, sigue naciendo del acto más noble y más solitario del espíritu humano: la escritura!
Muchas gracias.
Miguel Galindo

