«Eso»

«Eso»

Por Zabu Medina.

Paseo por las calles de una ciudad que me acoge pero nunca me ha dejado sentirla como un hogar. Demasiado movimiento altera cualquier percepción. El abandono temprano del lugar en el que me crié y mi desvinculación total del mismo, la casi docena y media de mudanzas desde entonces, el cambio constante de trabajo y la intermitencia en los estudios han hecho que el sentimiento de pertenencia sea algo complejo. Incluso, si añadimos otros elementos, el sentimiento de pertenencia a la vida se me ha hecho extremadamente difícil.

En la tote bag llevo varias libretas y también el móvil llenas de textos a medias, de notas, de ideas, de palabras de las que tampoco termino de sentirme parte nunca. Recuerdo el día que escribí un texto propio por primera vez, tenía apenas cinco o seis años y no debió de tener más de media página escrita a lápiz en renglones torcidos y caligrafía redonda. Al principio hablaba de cómo había sido mi día y de repente decía: “y cambiando de tema, mi película favorita es…” También recuerdo las palabras de la que se supone que debía ejercer de madre cuando se lo enseñé: “es demasiado corto para que cambies de tema tan pronto. Además, ¿qué importa tu película favorita aquí?”

Con el paso del tiempo y el aprendizaje, seguí escribiendo. En los ratos libres en las clases, escribía cuentos infantiles pensados para otras niñas sobre monstruos que comían ordenadores o gusanos de seda que querían ser exploradores y no tejedores. Pero no se los enseñaba a nadie. Ya desde niña me creía mala en las cosas que hacía. Cuando llegó la adolescencia, empecé a escribir canciones. Aunque no se lo dije a nadie, en el silencio de la noche quería ser la rapera que cambiara el mundo, pero ninguna de mis letras encajaban en la idea que teníamos entonces del rap en la huerta de una pedanía de Murcia. Así, empecé a escribir poesía, como intentos fallidos de canciones, como versos que no sabía encajar en una base. Y pronto, por extensión, empecé a escribir prosa poética o relatos o no-ficción o como se le quisiera llamar a eso que hice hasta los dieciocho años. En todo ese periodo, de tanto en tanto les leía mis poemas a mis amigas y asistía a algún recital y el resultado era siempre el mismo: “tu poesía no parece poesía y tu narrativa no parece narrativa. No está mal, pero eso”. Nunca llegué a entender a qué se referían con “eso”. Yo seguía escribiendo con ese “eso” y otros muchos encima porque me apasionaba hacerlo, pero cada vez me sentía menos ligada al hecho de escribir.

A los dieciocho entré a la carrera de arte dramático y fui dejándome en pos de la dirección, llegué a terminar una obra y desde ahí todo se resumió en esas primeras páginas de proyectos que acabas borrando para hacer espacio, notas del móvil que pierdes cuando se te rompe porque para qué ibas a pasarlas a un lugar seguro y libretas a medio que acababan siendo apuntes o listas de la compra. Cuando llegó el covid, rara era la vez que escribía algo que no fueran cartas a mis seres queridos.

Todo eso cambió hace un par de años, cuando, echando de menos el teatro y el arte encerrada bajo una bandeja demasiadas horas al día, volví a la poesía que no es poesía, a la narrativa que no es narrativa y, por primera vez sin la obligación de hacerlo, al teatro escrito.

Un teatro que, cuando retomé los estudios y volví a cursar dramaturgias, para sorpresa de nadie, no era teatro. Demasiado poco dramático, demasiado narrativo, demasiado poético, demasiado lento, demasiado imagen, demasiado demasiado, de todo menos teatro.

A día de hoy he presentado mi TFE y es demasiado teórico para ser artístico y demasiado artístico para ser teórico y me piden que escriba este artículo, sin tener yo ni idea de cómo se hace algo así pero con la certeza de que habré meado fuera de la taza una vez más o de que alguien, al menos, así lo pensará. Pero poco menos puede importarme ya, porque he vuelto a sentir pasión por la escritura y, en especial, por la dramaturgia. He vuelto a esa época en la que “eso” importa más bien nada y me he dado cuenta de que si dejé de escribir fue por muchos otros motivos.

No sé si será cierto todo esto que tratan de cincelar en mi cráneo de que mis textos teatrales son poco dramáticos, mis poemas poco líricos y mi escasa y casi inexistente narrativa más de lo mismo. Es posible que sea verdad. Es posible que realmente no tenga ni idea de escribir absolutamente nada y solo sea una farsa. Pero me da igual. Pienso seguir escribiendo, contradiciendo esas opiniones y contradiciéndome a mí misma, que repudio la palabra por su inutilidad y no dejo de usarla.

Soy una apátrida de la palabra, de las formas, de los estados. Una repudiada de la escena, una huérfana de la vida y una sintecho del mundo. En otros momentos, que seguro volverán, hubiera caminado, por esta ciudad que me desconoce,con la pena del anillo olvidado entre pelusas de polvo y cacahuetes rancios bajo el sofá en un hombro y con la culpa de quien se dejó el gas abierto sin querer e hizo volar su edificio en el otro, acompañando a la tote bag llena de palabras botando. Preguntándome siempre por qué. Preguntándome si merezco que mi ausencia ocupe todos los lugares que transito o si acaso yo misma la provoco. Y hubiera encontrado solo una respuesta, la misma de siempre: ya sea por la pena que te inunda, por la incertidumbre de una culpa que no sabes si te pertenece, te la has inventado o te la has autoimpuesto o por la necesidad de encontrar otros espacios; nunca te vas a quedar sin conflictos para escribir y crear.

Sin embargo, aunque esa conclusión es cierta, escribo esto en unos días donde entre maleza y vileza encuentro refugio en una nueva respuesta. Me cuesta sentir hogar, sé que no pertenezco a ningún sitio, pero siempre llevo conmigo la intención de hacer hogar allá donde vaya, de que mi gente se sienta en casa y yo me sienta en casa con ellas, porque sé que el hogar no es un lugar, ni siquiera es material. Y eso, además, me puede brindar infinidad de posibilidades, infinitos hogares, porque no solo se puede tener uno. Lo mismo me ocurre con mis palabras. Puede que no pertenezcan a ningún sitio, que no encajen o se adapten a lo que debieran ser; pero siempre van conmigo, siempre me acompañan dispuestas a protestar y marchar o a asentarse y compartir. A ser mi hogar o el hogar de cualquiera que se sienta amparada por ellas.

Hoy me siento en casa en mis ausencias y en mis palabras, una casa donde cada baldosa es de un color y un patrón diferente, donde las paredes tienen cada una un grosor, las puertas están boca abajo y los muebles están tan cansados como yo; pero donde hay hueco para cualquiera que quiera habitarla. Y, honestamente, a día de hoy, poco me importa respecto a mi escritura más allá de… eso.

Zabu Medina

DREM
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