
Por María José Gálvez Cárceles
Reivindicar el silencio es hacer un ruido necesario e irreversible.
Que el rojo ya no de miedo es la forma que tiene la pasión de manifestarse.
No saber y solo escribir, es plasmar un pensamiento útil.
Soprenderse siempre ante el estreno de un texto, es no dejar de jugar al teatro.
Saber el germen de los errores, no solo es tomar consciencia de ser dramaturgo, sino de gritarlo al mundo.
El destino de un texto y su oscuro final. Destino, texto y final solo es el principio de un éxito seguro.
Que nos veamos en el infierno, es presumir e invitar a la diversión y celebración del teatro.
Escribir rápido con berridos de fondo, es no desengancharse de vidas plurales y necesarias.
Algunos ya habrán adivinado que estas frases no las he escrito yo, sobre todo sus autores. Lo único que he hecho con ellas es utilizarlas para respirar, alegrarme y recordar que quienes me rodean, quienes luchan y quienes unas veces con arena en los pies, otras de madrugada y otras en el infierno o a través del silencio, viven asomados a un mundo al que pocos miran de frente, a un mundo de vértigo y de orgasmos múltiples.
Como mi percepción es tan volátil y la fricción de los dedos en las teclas tan infame y placentera, siempre me quedaré con una frase, “Allí donde otros exponen su obra, yo solo pretendo mostrar mi espíritu”. Es la que me retuerce y me ayuda a no juzgar los textos que aborto , los predecibles, los correctos, los que complacen, los que lucran bajo la apariencia de públicos soberanos, públicos conocidos o lo que es peor sordos y ciegos. La que me ayuda a bailar con pus, con sangre y sin dolor, pero con un ardor sexual y animal comparable únicamente con los ritos de la carne, los mismos que con frecuencia dejamos de verbalizar. No quiero encontrar otro motivo para la existencia del teatro.

