
Héctor Cortijo Fernández
Dedo, dedo, palma. Dedo, dedo, nudillos, talón. Dedo, dedo…
¡Para ya, cansino!
Hace años que el air drumming forma parte intrínseca de mí. Nunca he sabido si es ansiedad, poca concentración, o alguna forma extraña de relajación; aunque prefiero ser romántico y decir que la pasión que mi cuerpo siente por la música me lleva a exteriorizar los ritmos internos que noto al escuchar Hungry Heart de Bruce Springsteen o Angel of Harlem de U2. Esos ritmos internos se manifiestan de cualquier forma y en cualquier situación, esté escuchando la canción en ese preciso momento, o recordándola para los adentros. El caso es que escribo igual. Cuando me enfrento a la página en blanco, cuando mi cabeza no sabe hacia dónde ir, siempre busca la manera de encontrar una banda sonora que acompañe a un relato todavía sin definir. Busco en la galería musical de mis recuerdos una canción que me genere la suficiente implicación emocional como para escribir a partir de ella. Con esto no quiero decir que cuente la historia que el artista ya ha transmitido desde sus letras, simplemente me dejo llevar por la esencia que emana, con el color, el aroma, la textura y las luces que la sucesión de acordes me hace sentir. Es algo primario y primitivo, es un uso tribal. Y no digo tribal a la ligera, si nos remontamos, la música siempre ha cumplido una función comunitaria que va mucho más allá del entretenimiento. Cohesión, memoria colectiva, trance o transformación… ¿cómo de lejos está esto del teatro? Vivo entusiasmado por la música que me rodea, por las
canciones que me acompañan a diario. Cada una de ellas me transporta a un universo particular, me eleva a ciertos estados complicados de alcanzar.
Juguemos a algo. Abre YouTube, o Spotify, o si tienes la inmensa suerte de tenerla en tu colección de vinilos, ponle la aguja encima, pero escuchemos Ohio, de Radnor and Lee. Cierra los ojos y escucha.
¿Qué sientes? Todavía no ha entrado la voz, pero es suave, ¿cierto? Cuando Josh Radnor canta es como un instrumento más, empasta muy bien. ¿Qué te genera? ¿Qué te está dando? ¿De qué color es la canción? ¿A qué huele? ¿Qué recuerdo te trae? ¿Cómo reacciona tu cuerpo? Para mí esta canción es arena, es olor a sal, es un atardecer, es un viaje por carretera, es nostalgia, es libertad, es… un temazo. Y todo esto en menos de cinco minutos.
No sé si me he explicado bien, pero una canción me da un mundo, un universo de sensaciones a partir del cual poder construir. Me ha llevado a una emoción perfecta para lanzarme a relatar. Tengo claro cómo quiero que suene mi historia. Quiero que suene a arena, a sal, a atardecer, a viaje, a nostalgia y a libertad. Muy bien, y ahora, ¿cómo hago eso? No lo sé, pero ya he fijado mi objetivo: Quiero que mi texto genere lo mismo que esta canción.
No solo uso la música como punto de partida, también lo hago como elemento central de mis historias. Las canciones son para mí la forma más pura de memoria. No porque recuerden hechos, sino porque guardan el tejido emocional de un instante. Intento situar a mis personajes en ese punto, un punto en el que si no saben hablar sobre sí mismos, las canciones lo hacen por ellos. Creo fervientemente en que la galería musical define a una persona, concepto que Nick Hornby o John Carney han sabido explotar a la perfección con sus libros y películas respectivamente. ¿Cuánto de lo que escuchamos es parte de nosotros, y cuánta parte de nosotros se construye en base a lo que escuchamos? Ya lo decía Hornby:
“¿Qué vino primero, la música o la miseria? ¿Escucho música porque soy miserable, o soy miserable porque escucho música?”
Cuando uso las canciones dentro de una historia no busco crear una lista de éxitos, busco un viaje. A veces las letras ni siquiera tienen nada que ver, seamos sinceros, pero utilizando los conceptos que ya he explicado puedo guiar al personaje a unos estados acompañados por la canción. Mirándolo de forma poética y extraña, concibo los textos como un disco. Todos tienen una cara A, lo que se ve a primera vista, los grandes éxitos que van a vender, lo que quiero enseñar; también tienen una cara B, lo que oculto, lo que mi subconsciente transforma en palabra, lo que a veces ni yo mismo sé descifrar. Entre ambas caras hay ruido, una interferencia, saltos de aguja, etc. En ese ruido se esconde el material dramático que me interesa.
Tal vez todo este texto solo sea una justificación para mi persistente obsesión por el tema. Tal vez sea para decirle a la gente que me rodea y acribillo con mis reflexiones que esto me hace feliz, que me motiva, y que siempre que pueda voy a usar una canción a mi favor. Me invade la inseguridad hablando sobre “mi forma de escribir” cuando ni siquiera sé si tengo una “forma de escribir”, ni siquiera creo que esté capacitado para hablar del tema. Tal vez dentro de un año, tres meses o dos semanas, relea estas palabras y quede anonadado por la puerilidad de mis pensamientos. Tal vez canalizo mi sueño frustrado de ser un rockstar a través de mis textos. Pero el caso es que ahora escribo lo que siento y cómo lo siento. Me detengo, escucho mi cuerpo como si fuera una canción más, y comienzo mover los dedos marcando mi ritmo interno. Resulta que mi ritmo interno suena así.
No estoy diciendo que esto le sirva a todo el mundo, estoy diciendo que me sirve a mí. Ni siquiera tengo pulida esta forma de trabajo. A veces la uso como paisaje sonoro, otras como motor narrativo, la gran mayoría como punto de partida. No escribo un manual de instrucciones, no escribo una fórmula infalible, ni siquiera escribo un ensayo. Lo que hago es una carta de amor a la música, a las canciones que me inspiran, al poder transformador del sonido, a la catarsis inducida por quienes saben componer, por quienes saben interpretar, por quienes saben disfrutar. Me hago una carta de amor a mí, por escuchar, por sentir, y por dejarme marcar el ritmo con los dedos, con los pies, y con mis palabras.
P.D.: Wish you were here, Escape (The piña colada song), The funeral y Ohio son las canciones que más me han servido para ponerme a escribir.

