
Por Enrique Fuster del Alcazar
El 28 de junio se cumplió medio siglo del fallecimiento de María de la O Lejárraga, un personaje de mucho interés considerada la dramaturga española más prolífica del siglo XX. Un personaje que, sin embargo, sigue enturbiado por la leyenda. Isabel Lizárraga (2020) evoca “el enigma” de María; Vanessa Montfort (2020: 11), también de forma algo truculenta, habla del “mayor misterio de la literatura española”. Andrés Trapiello (2019: 587), más excesivo, se refiere al asunto como “uno de los casos más desvergonzados de impostura literaria”. Recentísimamente, Juan Manuel de Prada (2024: 46) afirma con una ligereza asombrosa que María era la “negra” de su marido y, de paso, moteja a Gregorio de “cursi y relamido redomado” además de dedicarle algún insulto de mayor cuantía que el decoro nos impone silenciar.
Yo creo que la falta de honradez científica es un pecado superior, un pecado al que, de tanto cometerse, nos hemos acostumbrado a mirar con una indulgencia letal. No hay que investigar para ver confirmadas nuestras creencias (a veces, a los prejuicios se les llama convicciones) sino para conocer. Y si el hallazgo contradice nuestro prejuicio, hay que tener la humildad y el valor de reconocerlo. Esto ya apenas ocurre hoy, ni en la academia ni, desde luego, fuera de ella. Las certezas a priori construidas sobre fuentes de cuarto o quinto nivel producen monstruos.
Llevo un cuarto de siglo estudiando a María Lejárraga y me ha asombrado comprobar cómo lo que dice de sí misma ha sido ignorado o reacomodado con el objeto de crear una víctima que nunca existió. Alda Blanco (en Martínez Sierra, 2000: 22) escribe que “en la versión de María-víctima nos encontramos con un personaje que, en el mejor de los casos, es incomprensible, y en el peor de ellos adolece de un amor que raya en lo neurótico”. María Lejárraga, a quien la mayor parte de sus exegetas parece no haberse molestado en leer, presenta el asunto en términos mucho más sencillos. En primer lugar, nunca hubo secreto que guardar. Ya en 1917 Julio Cejador escribió que “debajo del nombre de Martínez Sierra se encubren dos escritores que trabajan juntos y tan inseparables que ni ellos mismos podrían deslindar lo que a cada uno particularmente pertenece” (1917: 484). Treinta años más tarde, cuando tras la muerte de Gregorio la editorial Aguilar propone la edición de las Obras completas, escribe María a su sobrino Jaime:
«La colección irá firmada como siempre con el solo nombre Gregorio Martínez Sierra. Si durante medio siglo de colaboración no he querido firmar a pesar del constante deseo que Gregorio tuvo siempre de que firmase (él no tuvo nunca, sino muy al contrario, un secreto de nuestra colaboración), no voy a ponerme a firmar ahora que, desgraciadamente, ya no está él aquí. Sería tanto como dar la razón a los maliciosos amigos que, para corrompernos a ambos las oraciones, se dedicaban a insinuar que mi negativa a dejar imprimir en la portada de los libros las cinco letras de mi nombre era imposición suya». (Lejárraga, 2021: 114).
María, por tanto, dice con toda naturalidad que la decisión de no firmar las obras fue suya, que Gregorio nunca trató de mantener en secreto el trabajo de su mujer y que tampoco hubo imposición del marido para que no apareciera el nombre de María. Conociéndola, añadimos nosotros, ella no lo hubiera permitido por muy enamorada de Gregorio que estuviera (y lo estuvo siempre). Estamos hablando de una mujer de inteligencia poco común, adelantada del feminismo y diputada socialista en las Cortes republicanas.
Entre los papeles hallados a la muerte de María hay un borrador de prólogo para la edición de las obras completas donde, hablando de sí misma en tercera persona, insiste: “Nunca las ha firmado porque no ha querido, a pesar del deseo constante de Martínez Sierra de que así lo hiciese… por una porción de razones románticas o caprichosas” (en O’Connor, 2003: 80). Hay también una bonita dedicatoria que no suele citarse y es la que figura en el pórtico de La mujer española ante la República, que recoge una serie de conferencias ofrecidas por María en el Ateneo de Madrid en mayo de 1931: “A Gregorio Martínez Sierra, con lealtad y cariño, dedico este trabajo que distancia y premura me obligaron a realizar sola, pero no fuera de nuestra entrañable comunidad espiritual”.
En el mismo tiempo, en una entrevista concedida a Augusto Martínez Olmedilla, a la pregunta de por qué escribió siempre desde la oscuridad, repone María: “Para mí, el encanto está en producir. La exhibición personal me molesta. Durante mucho tiempo, usted lo sabe, no trascendió al público esta intervención mía en la obra de Gregorio. Yo misma me considero de tal modo una contrafigura de él, una como prolongación de su persona, que muchas veces, al mirarme al espejo, veo su rostro en vez del mío” (Martínez Olmedilla, 1931: 7). El mismo Olmedilla reconoce que “la inquietante psicología” de su entrevistada tiene “la atracción y el encanto de un enigma inextricable” y se resigna cuando, requerida sobre las razones de su voluntario anonimato, la escritora tiene para todo “una sonrisa de supremo desdén”.
Y lo dejamos aquí por ahora. Este año está siendo generoso en actos de recuerdo a María. En septiembre se inaugurará una exposición en la Biblioteca Nacional de Madrid y en noviembre tendrá lugar un congreso internacional bajo la rúbrica “María Lejárraga y la Edad de Plata”. Trataremos entonces de seguir descubriendo a una mujer excepcional que, quién sabe si en libérrimo uso de su íntima libertad, decidió renunciar parcialmente a ella mientras nunca se cansó de reclamarla para el resto de las mujeres.
Referencias bibliográficas
Cejador y Frauca, Julio (1917). “Martínez Sierra”. La revista quincenal, nº 4, 25 de julio. Barcelona.
Lejárraga García, María de la O (2021). Epistolario del exilio. Sevilla: Renacimiento.
Lizárraga Vizcarra, Isabel (2020). Luz ajena. El enigma de María Lejárraga. Sevilla: Renacimiento.
Martínez Olmedilla, Augusto (1931). “El día de María Martínez Sierra”. ABC, Madrid, 13 de septiembre de 1931, pp.6-7.
Martínez Sierra, María [María de la O Lejárraga García] (2000). Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración. Valencia: Pre-Textos.
Montfort, Vanessa (2020). La mujer sin nombre. Barcelona: Plaza & Janés.
O’Connor, Patricia (2003). Mito y realidad de una dramaturga española: María Martínez Sierra. Logroño: Instituto de Estudios Riojanos.
Prada, Juan Manuel de (2024). Mil ojos esconde la noche. Madrid: Espasa.
Trapiello, Andrés (2019). Las armas y las letras. Madrid: Destino.

