Nos hizo falta tiempo

Nos hizo falta tiempo

Raquel Pulido


Últimamente pienso mucho en todos los textos que no terminé de escribir o que, incluso, no empecé a escribir. Esos textos que se quedaron solo en retazos, en amago de… Personajes descritos en servilletas de una cafetería, diálogos en el envés de un tique de compra, en un folio suelto, en libretas varias.

¿A dónde van las palabras que no se quedaron? Cantaba Silvio Rodríguez. Eso mismo me pregunto yo. Ideas que en su momento me parecieron brillantes, pero que quizás no lo eran tanto. O sí, pero la vorágine de la vida no me regaló tiempo para escribirlas, o quizás fue la falta de constancia, esa que enfría tu relación con el texto como se enfrían las parejas que se distancian. Por otra parte, ¡es tan duro retomar un texto al que no puedes dedicarle un rato todos los días! O, al menos, o casi todos los días.

Cuando puedo escribir a diario, surge en mí un enamoramiento con el texto, pienso constantemente en él, los personajes hablan sin parar en mi cabeza, anoto giros de la trama y, de repente, me descubro sonriendo como una auténtica boba, encandilada con mi retoño. He llegado a despertarme en mitad de la noche para tomar una libreta y escribir lo que en sueños se me revelaba en relación a mi obra. Igualmente, mientras he ido conduciendo, las ideas, caprichosas, han acudido revoltosas e impacientes, haciéndome parar el coche en un área de descanso para escribirlas y, así, no olvidarlas.

¿Acaso ruedan sobre los cristales cual gotas de lluvia que quieren pasar?, cantaba Silvio. Qué identificada me siento con lo que apuntaba Sofía Eiroa en Apurar plazos pretendo en relación a la llegada del otoño. Con el regreso de la lluvia y el aire fresco las ideas acuden como aguaceros y yo hago grandes planes que, sinceramente, jamás cumplo al pie de la letra. ¿Por qué? Porque la realidad es que, en el día a día, las horas no se estiran de la forma en que yo lo imagino y deseo. Y llega el verano y pienso, con la misma melancolía del bolero de Armando Manzanero, que al texto y a mí nos hizo falta tiempo, y me queda por dentro un sinsabor… una sensación de frustración y tristeza muy difícil de describir.

A veces, aunque haya un rato, no hay energía. Sí, está muy bien eso que dijo Picasso de que la inspiración tiene que encontrarte trabajando, pero no es tan sencillo. Después de cumplir con un horario laboral (pues solo de escribir teatro nadie paga sus facturas) y atender obligaciones familiares y necesidades domésticas, solo pides que la inspiración te encuentre en el sofá, porque el cuerpo no aguantaría ni un minuto en una silla de ordenador.

Entonces, ¿dónde estarán todos esos textos que no terminé? ¿Por qué, de vez en cuando, me duelen? Como decía Dulce María Loynaz, es como si el niño que no nació, se hubiera muerto. Pienso en ellos y hay una sensación de luto, pero solo fueron embriones de algo que pudo ser bello, interesante, importante. Y de nuevo la guitarra y la voz de Silvio resuenan a lo lejos: ¿Acaso nunca vuelven a ser algo? ¿Acaso se van? ¿Y a dónde van?

Inevitablemente, la gran mayoría permanecen olvidados en un cajón, como se suele decir, aunque en realidad se encuentren en una carpeta archivada de algún disco duro. Cuando los encuentro, quizás buscando otra cosa, llega el pinchazo, la culpabilidad de que no me esforcé lo suficiente, la tristeza de que no pude terminarlo en su momento. Además, como sucede en el amor, casi siempre se cumple aquello de que segundas partes nunca fueron buenas. A veces los dramaturgos nos damos un tiempo con el borrador pensando que luego retomaremos el proyecto con más fuerza. Lo cierto es que, aunque a veces, funciona, otras muchas la conexión con esa idea se ha perdido, porque ya no estamos en aquel momento vital. Yo diría eso de: no eres tú, soy yo.

Todo esto me hace reflexionar sobre las iniciativas que existen en nuestra región y en nuestro país en relación a las ayudas a la creación. Aunque están surgiendo residencias artísticas y proyectos muy interesantes (en algunas comunidades autónomas más que en otras, todo hay que decirlo), creo que son pocas y que, a veces, están enfocadas a un sector concreto como, por ejemplo, el de los creadores jóvenes.

En definitiva, pienso que sería muy interesante que a nivel institucional hubiese un mayor apoyo a la creación dramatúrgica con el fin de que los autores no sigan abandonando tantas ideas que, quizás, puedan llegar a convertirse en obras excepcionales a las que, probablemente, solo les haga falta espacio y tiempo.

DREM
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