(RE) ESCRIBIR.

(RE) ESCRIBIR.


Nuria C. Urzaiz

Cuando pienso en la escritura, me viene a los oídos de inmediato la voz de Chantal Maillard recitando su poema “Escribir”. Casi como terciopelo, se clavan sus palabras:

«escribir para curar

escribir para guarecerse

escribir como si cerrase los ojos

para no cerrarlos

para mover la mano y seguir su curso

para sentirse viva

AÚN

para aplazar la angustia

como simulación

para guiar la mente y que no se desboque

para controlar lo controlable.» (Maillard, 2004)1

Escribir.

Esa magia con la que permanecer. Esa impronta del ser humano.

Bucear en su etimología es volver a crear rayas, surcos, marcas, cortes.

Todo aquello a lo que remite el latín scribere.

En días como los de hoy, plagados de llamas por todo el territorio, con incendios activos y también el “fuego” bélico global, pienso en cómo seguir escribiendo para curar, para acariciar, para buscar la alegría. Escribir para imaginar mundos posibles, para construirlos, para permitirnos crear soluciones ante tanta hambre, tanto dolor, tanta sangre. Escribir para denunciar, para que nada desaparezca del todo…

Me pregunto cómo controlar lo controlable, cuando lo incontrolable lo destruye todo.

Pienso en los libros, tan duraderos y frágiles cuando del fuego se trata.

Cómo las llamas arrasan y colonizan los pulmones naturales.

Cómo el horror ahoga los diccionarios y puede pulverizar todas las palabras del mundo.

Escribir porque estamos vivas frente a tanta muerte a nuestro alrededor. Porque no solo las casas cercanas arden, también las lejanas, en genocidios cruentos de los que no nos llega el calor de sus llamas. Arden los álbumes de fotos, las notas escritas con amor, las bibliotecas personales dentro del hogar, todas las cartas. Enmudecen las palabras repetidas sobre un eco quemado.

Por eso escribir, poder rayar una superficie para dejar constancia. Hacer cortes en una piedra o garabatos en un folio. Marcar la tierra con la azada. Apuntar una fecha especial. Herir la página con el trazo. Poner con un rotulador las distintas edades de tu hija en un muro. Su dibujo en el primer día de colegio. Una espiral en la arena. Un corazón en la corteza de un árbol, con las tijeras de clase y sin conocer el amor.

Escribir como ritual que conecta con nuestra propia historia. Con las primeras veces en las que quisimos dibujar nuestra voz, fosilizar lo dicho. La onda sonora de la vida sobre un soporte físico que nos promete sobrevivirnos.

Poder llevarte contigo las palabras de alguien. Repetir en alto aquello que otro dejó fijado. Mencionar mundos lejanos a través de lo escrito y lo silenciado. Dejar cápsulas del tiempo para narrarnos hasta donde el futuro incierto nos permita multiplicarnos.

Escribir, arañar la tierra, raspar con una piedra, hacer marcas en hueso, dejar incisiones en un lugar. Mil maneras de que, cuando todo ya no, la existencia siga con voz propia.

Un soporte y algo que se clava, como las palabras de Maillard. Como la aguja con tinta que penetra la piel y que fija algo en ti hasta que te descompongas.

Toda nuestra genealogía en el acto de escribir.

En los tiempos que corren… Qué suerte poder seguir leyendo y escribiendo. Qué mágico es que cada cual tenga su propia letra, que aprenda a descubrir cómo hace las eses o los libros que le gustan. Que otra persona (humana) le enseñe a escribir para que jamás el mundo se quede sin contarse, para todo lo posible y lo imposible. Para incluso atrevernos a controlar lo incontrolable, pues mientras todo se quema, hay gente que nos lo cuenta, hay espacios que lo escriben. La gente, los animales y la vegetación (lo) cuentan.

Los incendios como uno de los peores dolores del mundo. Impidiendo cicatrices.

Escribir no es acariciar, es tallar memorias que quizás el humo se lleve algún día.

Los genocidios, como los incendios, no solo borran cuerpos, vidas y emociones, sino memorias de todo un pueblo, su manera de nombrar el mundo, su lengua, sus afectos en palabras, sus archivos y bibliotecas, sus fotografías, realidades y genealogías. Escribir para combatir el olvido porque los genocidas buscan borrar todos los nombres, todas las marcas que nos hablan de un presente que resiste. Seguir escribiendo, en cualquier lugar, el apellido de tu amigo, la receta de tu abuela, el nombre de una calle, para que no se vayan del todo.

Y pienso en un ser desesperado intentando marcar con letras los escombros.

Devolverle el aire a las palabras. Sin voz, desde el ahogo y con el humo colonizando las gargantas. Dar bocanadas de aire sobre los escombros, para insuflar vida, respiración asistida; para que la historia pueda seguir leyéndose en voz alta.

Un pequeño gesto, un trazo diminuto sobre el papel, frente a la inmensidad de las llamas o las bombas. Ínfimo pero necesario, frágil pero radical.

«escribir

para decir el grito

para arrancarlo

para convertirlo

para transformarlo

para desmenuzarlo

para eliminarlo

escribir el dolor

para proyectarlo

para actuar sobre él con la palabra.» (Maillard, 2004)2

Reconstruir el mundo para releernos, con todo lo que podamos anotar. Volver a los surcos de la tierra, agachar la oreja sobre los cascotes. Apreciar el borrón, por todo lo que sigue ahí, medio yéndose. Volver al tacto de las ruinas.

Y sí. Ya sabemos que escribir no detiene incendios ni guerras. Escribir no abre corredores humanitarios, ni reconstruye casas, ni aporta agua cuando desespera la sed, pero quizás pueda impedir que la devastación tenga la última palabra.

Escribir para seguir ordenando las cenizas sobre el negro de la montaña.

Escribir para conservar. Para acusar. Como testimonio vulnerable de vida y muerte. Y respirar para leer, para hablar. Porque todos dependemos del mismo aire, tantas veces contaminado, quemado, masacrado. Por todos los duelos del mundo, también el vegetal.

«escribir

para curar

en la carne abierta

en el dolor de todos

en esa muerte que mana

en mí y es la de todos.» (Maillard, 2004)3

Escribir, mucho antes que toda literatura.

Escribir aunque te maten por ello.

Escribir como pulso, con las manos, como rastro, respirando lo escrito.

Escribir aun sabiendo que no es eterno, pero soñar igualmente con ello.

A pesar del agua, del fuego, del tiempo, de la violencia, de las bombas, escribir.

Para frenar a quienes quieren borrarlo todo.

Porque nos dijimos y nos escribimos. Porque estuvieron aquí, porque estuvimos.

                                          
Nuria C, Urzaiz      

  1. Maillard, C. Matar a Platón. Tusquets Editores. ↩︎
  2. Idem ↩︎
  3. Idem ↩︎

DREM
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