Reinventar el teatro

Reinventar el teatro

Por Javier Ruano.

Quizá fue desde el principio, cuando contaba con once años, que tuve mi primer contacto con el mundo del teatro y ya escuchaba aquello de que: “Hay que reinventar el teatro”. La transformación y reinvención del teatro… Esta es una idea que se ha repetido a lo largo y ancho del tiempo; durante mi formación y durante un gran número de proyectos en los que he participado. Pero esta idea es mucho más grande, porque no sólo es algo que ha formado parte de mi entorno, el mundo de las artes escénicas en general ha estado atravesado por la necesidad de transformar el teatro continuamente, casi de manera obsesiva. Conforme han ido sucediéndose los años he vivido ese intento de transformación, de reinvención casi espiritual de lo que es o debería ser el teatro; se han transformado y retorcido muchos clásicos de la literatura, se han deformado los cuerpos y las imágenes, se han buscado códigos nuevos de comunicación, se ha troquelado, licuado y vaporizado el lenguaje e incluso se ha sentenciado ocasionalmente a muerte algún estilo teatral desde algún púlpito cultural. Para alcanzar esta reinvención, ocasionalmente también se ha llegado a eliminar al público, a los intérpretes o al conflicto mismo, tres elementos que han sido tradicionalmente la esencia del teatro. Y todo esto no me parece que sea algo necesariamente negativo, al contrario, me parece una búsqueda muy interesante, pero a veces eran tan contundentes los ataques al teatro clásico, tradicional o convencional por parte del mundo artístico que me he llegado a preguntar si realmente a las gentes del teatro nos gusta de verdad el teatro. Sería interesante saber cómo el público recibe un tipo de teatro u otro, pero eso sería un debate que deberá tratarse en otro momento.

Evidentemente, hay una necesidad de personalizar nuestros trabajos, de crear nuevas formas artísticas y nuevos lenguajes. Sin duda, la creatividad no puede ni debe estarse quieta, sujeta a unas reglas inamovibles. La creatividad artística es un niño inquieto que va a saltar, gritar y patalear si lo castigan en un rincón sin moverse. No deberíamos poder domesticar ni sobreeducar las artes. Pero reinventar continuamente el teatro, ¿para qué? Es decir, reinventar teniendo un objetivo claro es algo natural, pero reinventar por reinventar me resulta algo pobre. Desde el mundo académico se anima y se promueven nuevos lenguajes y nuevas coordenadas artísticas, pero en la mayoría de casos pongo en duda que los alumnos conozcan o hayan asimilado el camino que se ha recorrido hasta llegar a la necesidad de una reinvención. Se desecha lo anterior por considerarse obsoleto y pasado de moda. Quizá sea éste el motivo por el cual, en ocasiones, nos encontramos con un desfile de proyectos muy adornados, con un gran despliegue de medios e incluso con aparente profundidad en su temática, pero que al rascar tan sólo superficialmente vemos que no hay nada detrás, más que un intento de llegar a ser algo que no termina de ser. Y es cierto que, entre una inmensa maraña de intentonas transformativas del teatro, en ocasiones surge un estilo, una forma, un modo de hacer las cosas de manera diferente y que cala en la sociedad o en el entorno. Es un molde nuevo que aún no tiene nombre. No se le ha bautizado ni etiquetado, pero ya transgrede, provoca y sorprende. Sin embargo, estos hallazgos, esta forma distinta de hacer teatro surgida de algún genio desconocido, no suele ir sólo acompañada de una forma, no sólo de una plasticidad o de una mera fórmula original, sino que va de la mano de una profundidad, de una lectura diferente respecto a los tiempos que vive. Y con originalidad, por supuesto, pero no sólo en forma, no sólo retorciendo una puesta en escena por el hecho de retorcerla o cambiar la perspectiva del espectador sólo por hacerlos mirar desde el personalismo como firma de autor.

Vivimos un momento histórico crítico; de una mezquindad política sorprendentemente descarada, bajo la sombra de una tiranía tecnocrática y la amenaza de una guerra termonuclear. Al mismo tiempo, entre el asombro pasivo y la abstracción de la realidad más espectacular, se encuentra el ser humano que hoy somos. Es inquietante comprobar cómo se huye de cualquier conversación que contenga un mínimo de dolor, un algo de peligro o de inquietud por el futuro en la vida real. Quizá algún lector se pueda sentir identificado con estas líneas al recordar alguna conversación que ha intentado tener con algún vecino, familiar o amigo, sacar un tema espinoso y encontrarse el silencio como respuesta o algún que otro balbuceo para cambiar de tema. Probablemente no estarán de acuerdo con lo que dices, pero tampoco piensan incomodarse ni perder el tiempo en discutir. Bien, es legítimo, pero la finalidad misma de la conversación es intercambiar ideas y entender otras perspectivas, ¿no es así? ¿o es discutir para llevar la razón? ¿puede ser que hayamos perdido la perspectiva de que estar todos de acuerdo o intentar llevar la razón siempre en algo son dos actitudes tan infantiles como peligrosas? Por supuesto, estoy generalizando, pero siento que hoy se huye de la conversación más que nunca y, en consecuencia, terminamos entregándonos por entero a los placeres inmediatos, a la risa superficial o a vídeos de conejitos y gatitos que no nos hagan pensar más que en suavizante audiovisual o ternura basura. Al mismo tiempo, aunque parezca contradictorio, nos empapamos en las redes de todo tipo de miedos, de historias dolorosas y truculentas, de ridículas e inquietantes ideologías sintetizadas en laboratorios que nosotros, sin cuestionarnos nada y como si acabásemos de descubrir la piedra filosofal, nos dosificamos en pequeñas pastillas para recibir un tratamiento conductista, enajenarnos y prescindir de un pensamiento crítico.

¿Y cómo se relaciona este mundo actual con el teatro y su reinvención? Hoy siento que estamos frente a ese desfile inagotable de propuestas muy personalistas, sobrecargadas de formas, de búsquedas individualistas muy complejas que huyen de lo anterior por considerarlo caduco y viejo. Sin embargo, se intenta romper con lo anterior utilizando la misma fórmula que se lleva viendo décadas atrás; las mismas obras raras que nadie entiende pero que se justifican por la falta de formación del público, actores gritando y descomponiéndose intentando llegar al teatro ritual de Grotowski pero sin la implicación y el trabajo de Grotowski, desnudos injustificados que me recuerdan más a la época del destape español de los años setenta y ochenta que a un acto rompedor, lenguaje que pretende ser provocador pero que hoy suena grosero y vulgar en el constante provocar por provocar. Estos y otros elementos suelen ser comunes entre las obras que quieren reinventar el teatro en la actualidad, pero que no son en absoluto nuevos ni disruptivos. Además, se suma un aire moralista de verdad absoluta a través de las propuestas ideológicas que, en lo personal, me dejan perplejo por la falta de autocrítica o duda en cualquiera de sus aspectos. Para justificar toda esta comparsa es necesario potenciar muchos elementos emocionales de cálculos complejos y saltos mortales con doble tirabuzón sentimental. Y no es una afirmación rotunda que estén vacíos de contenido, pero sí parecen estar ensartados por la misma pseudofilosofía monolítica, un pensamiento único y totalitarista que no permite discusión, que se ramifica en un gran árbol podrido de ideologías que polarizan la sociedad y que el teatro, en parte, también contribuye a polarizar.

Con estas palabras no quiero atacar al teatro que hacen unos u otros, tampoco intento llevar razón, porque también es una crítica a mí mismo cuando me he dejado arrastrar por la corriente o por las pasiones dogmatizadas. Por lo tanto, es una reflexión que escribo en voz alta. Me da la sensación de que nosotros como directores, actores, dramaturgos o creadores en general nos colocamos por delante de las historias, por delante de las propuestas sin darnos cuenta de que estamos tapando con nuestra sombra al propio teatro al que pretendemos reinventar. Me vuelvo a preguntar si verdaderamente nos gusta el teatro; o quizá ensalzar o demoler al otro, que se hable de mí, hacerme un hueco, que se me reconozca, mantener mi posición, demostrar mi valía o quizá la necesidad de admiración.

Es muy probable que lo menos importante en el teatro seamos nosotros mismos, pero es curioso que es lo que más resuena. ¿Ensalzar o demoler al otro?

Probablemente lo menos importante seamos nosotros, porque quizá así, dejando nuestros egos a un lado, podamos encontrar historias que nos conecten verdaderamente a todos como seres humanos que se miran de frente y sin desconfianza, sin la intención de molestar, pero tampoco con la autocensura de intentar no molestar a no sé quién que pueda sentirse atacado por una puñetera opinión.

Quizá estemos demasiado concentrados en nosotros mismos, nuestro estilo, nuestra visión, nuestros seguidores, nuestro nombre y lo que queremos proyectar hacia el mundo. Quizá tengamos demasiados distractores que nos alejan de nuestra propia esencia y no dejemos lugar a la verdadera creatividad. Demasiada forma, demasiado artificio y búsqueda de imagen. O quizá sea mi propia atracción natural por lo sencillo y auténtico. Es posible que yo esté siendo demasiado intransigente respecto a todas esas obras donde veo el efecto, donde intentan llevarme solo a lo emocional. Quizá soy yo el que se ha cansado de efectismos vacíos y de propuestas extrañas que no me llevan a ningún lugar y creo también, que estoy muy contaminado al ver todos esos pequeños proyectos llenos de alma y de humanidad que no encuentran salida por no tener vinculación política con ninguno de los mandamientos que exige la administración de turno. Creo que debemos mirarnos de manera más directa a los ojos, tanto a nosotros mismos como a los demás. Es posible que sea un camino para inventar un teatro que se desprenda del agotamiento que sufre el mundo hoy. Me parece bonito pensar que el teatro puede ser una pequeña luz que ayude también al mundo a mirarse de frente y reinventarse. Probablemente no sea yo ni los de mi generación, pero alguien, como alguno de esos pequeños proyectos que nos tocan el alma como público, recogerá el testigo y quizá pueda humanizarnos un poco más.

Javier Ruano.

DREM
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