Soy sintiente

Soy sintiente

Por Enrique Garcés de los Fayos


Ha finalizado la actuación del tercer y último dialogo de la obra teatral ´Ovidio. Amor, traición y muerte´. Se trata de Postumia, la prostituta que mantiene una relación íntima con Ovidio, según ha creado la imaginación del autor de la obra. El telón está echado. Está sentada sobre un cómodo sillón, levanta su túnica mucho, demasiado según los parámetros actuales. Llama al dramaturgo y…

Postumia: Contempla estas piernas que han atendido tu urgencia sexual, amado (hace una pausa). ¿Te parece mínimamente normal esta forma de hablar, escritor?

Dramaturgo: ¿Cómo lo habrías escrito tú, amiga?

Postumia: No sé. Quizá algo así como: ¿Te apetece follar, Ovidio?

Dramaturgo: ¿Crees que hablaban así en aquella época?

Postumia: No lo sé. Lo mismo tú, por edad, sí que lo sabes (su ironía es ofensiva).

Dramaturgo: ¿Qué te atormenta? La obra está terminada y has representado tu papel de forma brillante, excelsa diría.

Postumia: (Volviéndose hacia la voz del dramaturgo). El problema eres tú, y tu engolamiento al hablar. No son los romanos, ¡joder!, eres tú.

Dramaturgo: No sé dónde quieres llegar, ¿acaso el rol de prostituta del más importante lupanar no te pareció apropiado?

Postumia: ¡Nadie puede creer a una puta tan inteligente! (grita).

Dramaturgo: Ya comprendo. El problema podría situarse en la interpretación de la actriz. ¿Demasiado encorsetada en su discurso? No tiene el nivel que tú necesitas, ¿cierto?

Postumia se levanta, se siente muy tensa. Aparta el telón lo suficiente para dirigirse al patio de butacas vacío. Le habla a la voz del dramaturgo.

Postumia: No entiendes nada, ¡coño!

Dramaturgo: Yo tampoco estoy satisfecho con la actriz. Debería…

Postumia: ¿Quieres callar de una puñetera vez y escuchar con ánimo de aprender algo?

Dramaturgo: ¿Tú me vas a enseñar a mí? (Pregunta, sonriendo).

Postumia: Lo mismo si no te situaras en el altillo de tu ego, sí podría enseñarte algo.

Dramaturgo: (Riendo). ¿De verdad que no te has dado cuenta que eres algo tan simple como un personaje?

Postumia: Lo sé.

Dramaturgo: Solo existes en el papel que sostengo, en el que te he descrito y te he dado vida.

Postumia: Pues ya que me diste la posibilidad de vivir, deja que ahora te cuente…

Dramaturgo: No me vas a contar nada. No deseo escucharte. Recuerda que vales lo que tarde en eliminarte del texto.

Postumia: Ni siquiera Unamuno se atrevió a osadía tal.

Dramaturgo: (Elevando la voz). ¿Qué cojones tiene que ver Unamuno en esta locura que planteas?

Postumia: ¿Pierdes la compostura, dramaturgo?

Dramaturgo: (Iracundo). Te tacho y a la mierda.

Postumia: Él los escuchaba (vuelve a sentarse).

Dramaturgo: ¿Qué?

Postumia: Unamuno escuchaba a sus personajes. Una vez creados y dotados de vida adquirían ese derecho a hablar, sí, y el gran escritor los atendía.

Dramaturgo: ¡Esto es para volverse loco! No existes más allá de mi imaginación, Postumia.

Postumia: Te equivocas. Desde que me escribiste existo en tu conciencia. Ya no puedo morir hasta que tú fallezcas. Y, por esa razón, tengo derecho a no estar satisfecha con ser una simple puta (vuelve a levantar su túnica para mostrar las piernas), que habla como si fuera el verdadero espíritu de la virgen vestal que has querido forzar en mi personaje.

Dramaturgo: ¿Forzar?

Postumia: En efecto, no pegan.

Dramaturgo: No pega ¿qué?

Postumia: La loba del lupanar y la virgen vestal.

Dramaturgo: Te diré algo: quizá no pueda eliminarte de mi texto…

Postumia: De tu conciencia, querrás decir.

Dramaturgo: Quizá no pueda eliminarte de mi conciencia, pero sí me puedo marchar yo y dejarte aquí, en este folio, del que ya me arrepiento haber escrito.

Postumia: (Riendo). ¡Pobre loco! Al estar en tu conciencia para siempre, nunca podrás prescindir de mi (ríe aún más fuerte)

(Se produce una larga pausa)

Dramaturgo: (Susurrando). Siempre puede quedar una opción para eliminarte, Postumia. ¿Tu capacidad de sentir no te ha permitido contemplar esta opción?

DREM
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