
Por Elena Mateo Galindo.
Vamos a comenzar a escribir.
¿Qué hacemos? ¿Leemos? ¿Realizamos una escritura automática? ¿Por dónde empezamos? ¿Cómo comienza una obra teatral? ¿Cuándo acaba? Muchas preguntas sobre la escritura, sobre los inicios y finales de este oficio me rondan en la cabeza últimamente. Hace un tiempo escuché que Mayorga sigue reescribiendo sus obras aunque ya hayan sido estrenadas y publicadas. Sigue borrando y buscando nuevas palabras aún sabiendo que eso no le llegará a nadie. Me tranquilicé. Entendí que no era extraña esta manía mía que mis compañeras/os de compañía siempre me recuerdan: “Elena siempre está buscando cambiar algo”. Para mí, reescribir es dejar que la obra esté en una investigación constante. En contacto, siempre, con el presente. Dejar que no se agote o envejezca, en definitiva, regarla para mantenerla siempre viva. No sé si este es un buen consejo o una buena tendencia de escritura. Pero sí considero que es un hábito personal, posible en la creación escénica y complejo para las obras destinadas a la publicación. Por este motivo, para mí es muy difícil hablar sobre el final de una obra. Porque casi nunca quiero soldar la puerta. Prefiero dejarla cerrada y guardar la llave para abrirla en cualquier momento.
Y si no sabemos el final, al menos conoceremos el comienzo de una obra, ¿no?
Pues personalmente yo tampoco tengo tan claro dónde empieza la escritura. ¿En la idea? Mmm… No termina de convencerme. Creo que el acto creador emerge en la materialización de las ideas. Pues lo complejo es trasladar las imágenes, conceptos y pensamientos en un objeto escénico, textual o interpretativo. Pero entonces, ¿la obra empieza con la primera palabra que escribimos? ¿Con la primera escaleta? ¿Con el título?
Creo que prefiero no delimitar el inicio de las obras. Creo que prefiero que sea un descubrimiento inalcanzable.
Mi experiencia en la dramaturgia, va estrechamente unida a mi compañía Physical Collage. Los textos creados han sido siempre para la escena, para unas intérpretes en concreto. En otras palabras, estos se han diseñado para hacer teatro. Ahora que debo desarrollar un texto para el Centro Dramático Nacional en su programa de Residencias, me asombro, aprendo y descubro quizá, una forma más tradicional de escribir teatro. No creo que sea mejor, ni peor, pero sí distinta. Y todavía no sé si hay un modo que me guste más, o si debo escoger ya un estilo de proceder definitivo:
¿Podemos ser solo una cosa? “¿Por qué en esta sociedad actualmente estamos tan obsesionados con definirnos? ¿Qué respuestas queremos encontrar?1
Últimamente siento que nos hemos sumido en este engaño capitalista de confundir nuestra valía como personas con nuestro mérito profesional. Mi máxima en la creación y la escritura es reconocer que me puedo equivocar, que tengo muchas posibilidades de que algo de lo que escriba pueda salir mal y que esa falla, más allá de que no me defina, puede ser útil, e incluso necesaria para crecer como creadora de historias. Consecuentemente, confío en que mi única recomendación sobre la escritura va en relación a cómo dejarse ir, como abandonar las expectativas preconcebidas. Es decir, saber perderse bien y poder ubicar lo desconocido en la fábula que se desarrolla. No encapricharte o encerrarte en una forma en concreto. En definitiva, eso que tanta gente ha llamado “descubrir la obra” o incluso a tí misma en ella.
Me parece positivo que hoy en día, la dramaturgia contemporánea sea más abierta, más fragmentaria y no esté restringida únicamente a la palabra. Me parece enriquecedor que se hable de la figura del dramaturgista o que se mencione la dramaturgia silenciosa de la danza. Me parece emocionante que los escritos del siglo XXI tengan tantas formas y no podamos hablar de una única corriente estilística. Y quizá la manera más común en la que he desarrollado mis obras ha sido desde esta concepción de superficie textual del teatro posdramático alemán, convertida ya un vocabulario usual de la escritura escénica actual, que entiende la escritura como esa pared en la que pintar, descomponer y reconstruir continuamente.
En conclusión, no sé si es por mi formación como socióloga o por mi forma de ser, que para reflexionar sobre este oficio suelo continuamente generarme cuestiones que, en el fondo, no deseo terminar de responder. Deseo rondar pregunta tras pregunta y abrir vías de pensamiento como debate. Por eso, últimamente también me cuestiono mucho qué es lo que distingue, desde la escritura, al teatro como teatro. ¿Qué es lo que distingue a los textos teatrales del ensayo, de la poesía, de la historiografía? ¿Cómo concebir desde la escritura lo que convierte realmente un texto en una obra teatral? Y sí, podemos hablar del conflicto, de la potencialidad escénica, de la emoción… pero quizá rehuyo yo misma de encontrar una respuesta como fórmula.
Aunque puede que no sea una opinión unánime con otros autores teatrales, para mí las obras no tienen sentido en un cajón. Es importante que se puedan leer, pero sobre todo es importante que se pongan en pie, que sean hecho escénico. Y también es interesante que no todos los dramaturgos estemos de acuerdo con lo que representa el teatro escrito. Es importante estar unidos para reivindicar más posibilidades profesionales, pero eso no implica que debamos tener una opinión homogénea sobre nuestra profesión: es en las diferentes formas de entender y experimentar el oficio, donde surgen también diversas miradas y formas en las que descubrir(nos).
Elena Mateo Galindo
1 Fragmento de Arquitectura Emocional (2024) obra escrita y dirigida por Elena Mateo.

