
Itziar Hernández Rodilla
1480 días de la «operación militar especial» de Rusia en Ucrania
890 días del «conflicto» de Gaza
71 días de la «intervención» estadounidense en Venezuela
15 días de la «defensa colectiva» de Israel y EE. UU. contra Irán
Guerras en África, Oriente Próximo, Europa Oriental, genocidio en Gaza, intervenciones ilegales de las potencias mundiales en territorios cercanos y lejanos, la ONU echada a perder, Europa sin verdadero poder para hacer nada… Y yo aquí sentada, un día tras otro, traduciendo clásicos de la literatura, escribiendo reseñas, preparando clases en torno al análisis lingüístico e intentando escribir artículos sobre todo ello. ¿Qué sentido tiene?
Tal vez, ninguno. Igual, como George Orwell le dijo a su hijo, no merezca la pena dedicarse a escribir y valga más comprar una finca y cultivar cereales o criar ganado. Puede que sea mejor dejar toda aspiración al arte y estudiar enfermería, aprender a coser o ser limpiadora. Al fin y al cabo, no habría sociedad que resista, que progrese, sin los que recogen la basura, barren las calles, recogen nuestras oficinas y nos reponen el papel higiénico en los baños. Quizá tendríamos que dejarlo todo atrás como Hirayama (Perfect Days, Wim Wenders, 2023) y dedicarnos a limpiar los baños de Tokio.
Y, al llegar a Tokio, es donde comienzo a ver la respuesta que busco. Porque Hirayama lleva a cabo la primordial labor de limpiar baños, es cierto, pero su filosofía de «la próxima vez será la próxima vez, esta es ahora» se basa en una vida interior compleja hecha de pequeños momentos de luz entre las hojas de los árboles, plantas, música y lectura, mucha lectura. Aunque, en fin, no quisiera yo decir que el arte es solo huida. Porque creo que no lo es.
La tarea del arte diría, he dicho antes, es comprometer al hombre con su vida, evitar que se habitúe, que se embote, que se enajene de la sociedad, que deje de verse como protagonista de su entorno, se sienta ajeno a él, se aísle, como consecuencia, se pierda a sí mismo.
Es mentira. No lo escribí yo, sino Erich Fried, un judío superviviente de la Segunda Guerra Mundial que, muy oportunamente, era antisionista y estuvo siempre contra las políticas invasivas de Israel, un gran poeta y traductor, un hombre con sus pecados, pero una gran sabiduría lingüística y, en esencia, por lo que dicen, buena persona. Y yo qué sé. Él no sería perfecto, pero sus poemas escondían grandes verdades. Como esta:
Conversación con un superviviente
¿Qué hiciste por aquel entonces
que no hubieras debido hacer?
«Nada»
¿Y qué no hiciste
que hubieras debido hacer?
«Esto y aquello
tal cosa y tal otra:
algunas cosas»
¿Por qué no lo hiciste?
«Porque tenía miedo»
¿Por qué tenías miedo?
«Porque no quería morir»
¿Murieron otros
porque tú no querías morir?
«Creo
que sí»
¿Tienes algo más que decir
sobre lo que hiciste?
«Sí: preguntarte
qué hubieras hecho tú en mi lugar»
No lo sé
y no puedo juzgarte.
Solo sé una cosa:
mañana ninguno de nosotros
seguirá con vida
si hoy volvemos
a no hacer nada
(en traducción de Jorge Riechmann).
Entonces, cambia la pregunta. ¿Estoy yo, aquí sentada, no haciendo nada? ¿O estoy no haciendo algo que debería? Uf. Esta sí que es una pregunta difícil… Y solo sé cuál me gustaría que fuese la respuesta. Querría que fuese que lo que hago, aquí sentada, es crear un lugar en el que sea posible la empatía, en el que las personas puedan salir de sí mismas y comprobar que no son tan distintas de las que les rodean. Un lugar en el que aún seamos humanos. Un lugar en el que sea posible imaginar un futuro que la realidad hace parecer imposible.
Querría poder decir que lo que hago, en definitiva, es crear un horizonte de posibilidades.
Itziar Hernández Rodilla, 2026.

